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a.sanchez
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Lo que ya sabía Empty Lo que ya sabía

el Jue Nov 28 2019, 19:48
Al hilo de Ariadna le llaman Calderón de la Barca

- En mi principio está mi fin, y en el principio, en arjé, como ya sabemos, siempre esta el logos. Pero debe decirse también la frase invertida, y debe afirmarse y aceptarse: En mi principio esta mi fin.

De manera que ese tiempo de vida que nos ha sido asignado parece revelar una misteriosa afinidad, y hasta vencidad, entre principio y fin; entre el más inmoral pasado y el futuro ulterior, transcendental. Como si a medida que envejecemos nos fuéramos acercando cada vez más al origen. Como si la suerte de la revelación, o apocalipsis, que se presente y anticipa al aproximarnos a la muerte, fuese un billete de vuelta o una rememoración de gran estilo, del relato genesíaco. Como si la nueva ciudad prometida (un nuevo cielo y una nueva tierra, con su correspondiente templo construido) reinstaurase a gran escala el palacio del génesis, con su "jardín de rosas" y sus ríos paradisíacos.

De manera que los tenebrosos ríos que conducen a la laguna Estigia mezclasen sus sabores y sus aromas con corrientes que proceden de aquel río alfa de donde surgen, rompiendo y estallando las fauces abismales de la tierra, las caudalosas aguas de las corrientes del paraíso; las que van cercando y contorneando el gran palacio del señor de aquel Eden.

Solo en la memoria primera ese castillo, asume un carácter sencillo, discreto, emocionante en su desnudo minimalismo infantil. No se presenta en la primera memoria, la que pronuncia en imagen y palabra su educación de lo inmemorial, a modo de gran castillo. Se muestra en la desnuda sencillez de la casa con que inicia su dibujo todo niño: cuatro paredes que soportan un tejado triangular, inclinado de manera que la nieve coagulada impregna esas tejas deslizantes. Una casita sumida en la agitación de una nevada que la esconde en el polvillo de infinitos copos esparcidos. Y esa casita se encuentra incordiada en una cápsula, junto con la nieve espolvoreada y el paisaje montañoso que se evoca. Una bola de cristal que al agitarse sume en esparcimiento de nieve la sencilla representación.

Una cápsula, un botón, algo encerrado y claustrofóbico como siempre es todo hogar; todo lo matricial. Un capullo quizás. El que guarda encerrada la flor, la rosa y su secreto.

Una cápsula encerrada en el esférico claustro de su propia transparencia. Y dentro de ella una casa: la casa en su máxima sencillez; la casa reconstruida a su estatuo de fenómeno originario. Y junto esa bola de cristal, aperece, dándole sentido lingüístico, una misteriosa pronunciación que sella y clausura una vida. Una palabra que hace referencia a la rosa, a la rosa en su forma, encapsulada y embrionaria, capullo de la rosa quizás; Rosa que es siempre la rosa, la principal protagonista del "jardin de las rosas" del Eden, de la rosaleda genesíaca, o de la rosa "mística" que es creada y resucitada en el paraíso de Dante. Y que evoca desde luego, la matriz, la primera herida de dónde surgió una vida a la existencia.

En mi principio esta mi fin, en mi fin está mi principio. El tiempo es círculo quebrado que deja atrás un pasado que nunca fue, de cuya evocación algo se rescata en la primera palabra y que esta avocado a un futuro que nunca será, pero del que puede dar testimonio la última palabra, será. La cual despliega, en plena complejidad, tras toda una reconstruida y relatada, lo que originariamente se pronuncio como palabra. Allí donde la rosa y el fuego llegan a ser uno, como se dice al final del cuarteto de Eliot:

" Fuego purificador que se entrelaza con la rosa. La rosa de fuego en llamas, o del espectro de la misma, surgida del capullo del personaje"

La última palabra encierra el claroscuro del horror que se presiente y la floración que se anhela (Rosa mística): infierno y paraíso; corazón de luz, corazón de la tiniebla. Se recrea, al volver, en pleno círculo quebrado (quebrado por el discurrir en la historia y del relato) de nuevo hacía su propio principio. En ambos, comienzo y fin, resalta el carácter limitante, su carácter de prohibición o semáforo rojo: ese cartel colgado sobre la verja del jardín, la que separa del "jardín de las rosas" (o del primer mundo) y que se lee PROHIBIDO ENTRAR.

Lo que en este estallido de la bola, antes mencionada, (que encierra su transparencia, la casita y la nieve, la agitación de esta hasta recubrir el aire de la atmosfera) en el fin es el incendio de las pertenencias y el arrojo a la chimenea de inútiles reliquias aparentemente sin valor, el trineo y otros objetos de la infancia.

Se trata de la historia reconstruida de un ciudadano que no supo realizar lo que si logró el creador a través de su obra: consumar el amor en esa tercera gracia y donaire el dar, lo es sobretodo en el recíproco devolver. Allí donde el amor muestra toda su generosidad, su grandeza de ánimo, su carácter clemente y magnánimo.

Él no sabía devolver; quería ser amado, sabía recibir; daba mucho de forma infinita, desmesurada, gigantesca. Daba lo que no se le pedía y lo que los demás no deseaban. Daba voz a la mujer que no tenía voz ni deseaba cantar; un castillo inmenso, a quién solo quería una casa modesta y sencilla, pero cálida y habitable.

Pero no sabía devolver; y al sentir su debilidad (esa debilidad se infiltra sutilmente en la máquina de escribir) sólo sabe reaccionar a través de una verdadera orgía de destrucción, desbaratando o despidiendo de su periódico a su amigo, su verdadero alter ego.

Él realizó la esencia creativa del amor en esta obra extraordinaria, en la que devolvía a través de una obra de arte, quizás la mayor maravilla, lo digo por designio interior, sentía, cierta convivencia radical con kurth, con kane, con la letra K de kafka y su castillo.

Pero condujo al espacio-luz de la creación, hacía el corazón de la luz, su cercanía, o con el infierno de una vida sin amor, con la palabra final que expresa la infinita nostalgia querida de un amor que hasta el momento, no se ha logrado realizar y que ha podido saber que era eso mismo lo que le faltaba, La pieza del puzzle gigantesco no hallada, siempre pérdida, como el telegrama bíblico, a la primera y última letra, Alfa y omega, río alfa, palabra final.


Los filósofos deberíamos también, como hacen los poetas, escribir nuestras poéticas: la suerte de perceptiva que hacen explícita la pauta interna desde la cual se va gestando una propuesta filosófica. De hecho las esparcimos por nuestros escritos en los momentos en que se impone razonar y justificar las elecciones conceptuales y de estilo que en cada texto promovemos.

IMPONGO LA RAZÓN Y LA COHERENCIA


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