Buscar
Resultados por:
Búsqueda avanzada

Ir abajo
Pabloski
Pabloski
Puntos : 3996
Cantidad de envíos : 273
Fecha de inscripción : 02/07/2010
Edad : 35
Localización : Del primer mundo, cerca de Júpiter

Al otro lado del olivo Empty Al otro lado del olivo

el Lun Dic 02 2013, 18:17
Holas,
Expongo aquí, el primer capítulo de mi novela "Al otro lado del olivo"
Gracias por leerme.
Atte, Pabloski
                                                                         

                                                                                                    I


-¡Ay! Eso sí que dolió.
La aceituna cayó del olivo justo en mi frente, y terminó por sacarme del sueño.
- ¡Qué gracia! murmuré. ¿Viste? ¡Qué aceitunazo!
No obtuve respuesta; mi amigo Oscar Lavesi, echado cerca mío, incluso roncaba… Somnoliento aún, me restregué los ojos bañados de luz en ese día de verano, cuando marcaban las cuatro la tarde. Saboreando tan particular despertar, me quedé quieto bajo el árbol para sentir el placer que me concedía estar echado en ese terreno baldío, situado justo detrás de mi casa. El sol de esa tarde brillaba por entre las ramas del olivo, para detenerse sobre mi rostro. Respiré hondamente, y pensé de pronto, que por muy acrisolada forma de despertar que tuviera, me parecía raro aquel episodio. Así que, tomé con mis dedos índice y pulgar la inoportuna aceituna, y le eché un vistazo. Su tamaño era minúsculo, un poco más chica que las aceitunas que venden en el comercio. Estaba reseca, casi podrida, por lo que no había tenido la suerte de un desenlace algo más fundamentado, si se entiende con eso, la oportunidad de ser degustada y digerida por Oscar o por mí. No tuvo aquel auspicioso final, sino que como una gota de agua, se estrelló contra mi frente. Pero, para esa aceituna –reflexioné- su forma de despedirse de las alturas, podría tener un propósito. ¿Me habrá querido dar alguna pista? Por lustre que yo quiera ser, no creo que la aceituna me servía para evitar que algún pájaro me cagara encima, no; hubiera sido una señal demasiado banal. Si tenía algún significado, coincidía por todos lados, que ese hecho cómico aglutinaba una explicación más profunda y simbólica que hacerme recordar la manzana de Newton. Lo atribuí sin más rodeos, y no tengo la menor idea de porqué, a una señal divina. Recordé como nunca a la Virgen María, y llegué a creerme que me estaba contemplando en ese mismísimo momento. Para los ojos de algún incrédulo, o más precisamente de un estoico, mi idea podría parecer aberrante, además de estúpida. Casi que lo era, aunque siendo sincero, sentí en la belleza de esa escena renacentista, un halo de alegría infinita. Representaba pues, la caída de un imperioso sentimiento religioso que aún quedaba dentro de mí, ya que la Virgen de los cielos parecía ser lo último que me quedaba como latente de toda esa historia biblica, que por cierto me había inculcado la escuela. ¡Y cómo no! Si ya mis convicciones religiosas estaban cada vez más alejadas de un seguimiento ciego por el cristianismo. Es más, apenas me daba cuenta de que no seguía fielmente ninguna religión. Y menos a medias, porque no se trataba de ser o no religioso, sino que todo lo que pertenecía a un dogma, me resultaba repulsivo, sectario y anticuado. Por estos mismos motivos, ¿cómo era posible que desde lo más remoto de mi mente, arrancaran pensamientos que validaban la presencia de la virgen sobre mi cuerpo en ese instante? Tomé esta señal como un problema a resolver, puesto que en estos años de juventud, la búsqueda de respuestas a preguntas trascendentes era parte de mi afición. Además, me costaba un mundo considerar la compatibilidad entre el dogmatismo de la fe y la promoción del pensamiento crítico, siendo esto último una excelente excusa para vislumbrar el horizonte de un conocimiento más verdadero, que tanto lo necesitaba en mi juventud rebelde. Una rebeldía, que era más bien el producto de tener a un padre autoritario, que molestaba como un zancudo en las orejas.
Él, hombre rígido y terco, -seguí pensando bajo la sombra del olivo- irradiaba ser alguien poderoso, bastando su mera presencia. Aunque era de estatura media baja y complexión delgada, se le podía respirar su poderío, pues su andar resuelto y ágil, daba la sensación de que pisaba sin pisar, de que trabajaba sin cansarse, pero que dirigía y ordenaba la orquesta del hogar de tal forma, que me dolían hasta los huesos. El conflicto que me generaba sus punzantes reglas, se apaciguaba cuando lo veía pintar cuadros al óleo, poniendo sus ojos tan llenos de inocencia al inmiscuirse en su obra, que parecía que la rabia que transmitía en sus arrebatos, no volverían a aparecer nunca más. De alguna forma, sentía una profunda piedad por mi padre.  Es este mismo sentimiento piadoso como también de agotamiento, que veía de algún modo reflejado en mi amigo Óscar Lavesi.
Éste último, veinte y siete años mayor que yo, trabajaba de escultor para ganarse el pan, haciendo lo que mejor sabía: tratar bien la madera. Asimismo, con el esmero con que tallaba, hizo su rústica y sobria casa de palos, dos cuadras más lejos de donde yo vivía únicamente con mi madre y padre. Aunque también mencionaría como integrante de mi familia a mi hermano menor, Sandro, quien murió unos meses después de nacer.
Por su parte, Oscar padecía los signos de alguien a quien los años le cobra la calvicie y la aparición de arrugas en la cara. A pesar de no contar con más de cincuenta y dos años, el hombre se sentía un fracasado en el arte del amor, lo que lo llevó a reemplazar después de tantos porrazos, una relación afectiva por la idea de libertad. Él, siendo mi único amigo en ese entonces, me decía: “Joaquín, siempre consideré como mi opción, la libertad del amor, pero el tiempo me señaló que mi verdad residía en el amor a la libertad, cuestiones totalmente distintas.” Contrariado yo por sus palabras, le insinué el dicho popular: las esperanzas son lo último que se pierde. Entonces Lavesi, se me acercó tanto que me vi invadido de su presencia, asfixiando un poco el espacio. Me dijo que tener esperanza dependía de qué cosas persiguiera en la vida, pues el anhelo y la voluntad son el mejor aliado de la esperanza. Y como él solamente deseaba ser libre de las responsabilidades que implica convivir con una mujer, pretendía desligarse de todo ese condicionamiento de verse obligado a estar acompañado.      
  -¡Tienes miedo! le espeté. Además, si le temes a amar a una mujer, el miedo es contra ti mismo. ¿De qué libertad me hablas, Oscar Lavesi?
Ante el silencio que rodeó el espacio, y aún sintiendo el eco de mi comentario de hombre grande, no tuve más que decir que volvería a mi casa. En tanto, Oscar apenas se despidió de mí. Su mirada estaba puesta en otra parte, muy distante de las reflexiones que recientemente habíamos tenido en la sala junto al calor de su chimenea, mientras repasábamos algunos poemas de Mario Benedetti.
Quizá mi amigo seguía enamorado de su última mujer, y por lo tanto, se aferraba a su soledad como un gato a su manta, como un ave sometida al hábitat horrendo de vivir en una jaula.
Antes de que yo cerrara la puerta de su casa, Oscar me gritó: “La muerte del amor en hombres débiles es tan largo y lento, como lo es la búsqueda de amor por el camino opuesto”. Tras eso, ofuscado, cerré la puerta sin darme la vuelta para no mirar a mi amigo. Su manifestación me pareció poco clara, aunque bien articulada. Llamarse él mismo como alguien débil, me parecía noblemente humano, dándole ganancia a las emociones luego de beberse un buen vino tinto. Si él tendría en su boca sabor a vino, yo iba a mi casa con un sabor amargo, pues sentí un enorme peso en mi espalda, como si de pronto tuviera por deber arregarle los problemas a éste. Sin duda, Oscar estaba triste.
Por mi parte, no lograba entender la última frase: “como lo es la búsqueda de amor por el camino opuesto”. Si debiera pensar que el amor no puede encontrarse con facilidad, no me convencía. Lavesi, es de esos tipos que cuando dice algo relevante, lo menos que hay que hacer es quedarse con la idea simple de la cuestión. Y esa frase tenía otra pretensión, como si hubiera sido calculada.
Había pasado una semana ya, desde que tuvimos aquella discusión, y echado en este sitio llano junto al árbol, seguí recordando la manera en que nos conocimos, que por cierto, no fue en absoluto calculado. Lo conocí de la manera que expongo a continuación:  
Estaba yo sentado en la silla de más atrás, en plena asamblea vecinal, en el edificio Lautaro. Era un lugar que se utilizaba para reunir a los vecinos con el fin de luchar por los derechos que le competía a cada propietario del barrio. Creo que por mi corta edad, nunca fue de mi interés participar de esos eventos. Sin embargo en esa oportunidad, lo que nos convocaba era una situación totalmente diferente a las otras. Se trataba de una exposición que presentaba un catedrático de filosofía de la Universidad Austral. “Dios ha muerto”, tenía como título la exposición.
De modo, que éramos sólo cinco oyentes en la sala. Tres ancianos, Óscar y yo. Los tres viejos al parecer, querían enfrentar la muerte de la peor forma: negando a Dios. O posiblemente se trataba de una equivocación, y pensaron que el que había muerto era quizá un vecino, y no el Todopoderoso. Esto nunca lo supe. Sí me dio la sensación que parecían fantasmas en medio de una reunión como esa. Al otro costado, a dos sillas de mi puesto se sentó quien sería mi futuro amigo. Me refiero a Óscar. Llevaba impregnada en su ropa olor a tabaco, que si lo pienso bien, eran de los cigarrillos más malos, ya que expandía un olor bien desagradable. En cambio, su mirada generaba todo lo opuesto, diferente a lo que aparentaba a primera vista. Pues si era molesto lo que expelía, el hombre daba la confianza necesaria como para ver en él, la posibilidad de un amigo, y si agrego más, con sabiduría. Lo misterioso de Oscar en un comienzo, me llevó a tomar parcialmente atención a la conferencia que se dictaba. En tanto el filósofo, con bigotes al estilo de Dalí, causaba gracia al punto de que en dos oportunidades solté una risa que contagió a Lavesi. Nos vimos cómplices de la situación que nos divertía. Pues bien, los bigotes eran una cosa, pero el contexto en general era bien raro.  
Al término de la exposición me acerqué a mi futuro amigo, quien conversaba con el filósofo. Sin querer interrumpir, me paré junto a los dos hombres como queriendo asomarme para intercambiar palabras.
- Hola muchacho ¿qué tal? me dijo. ¿Te ha gustado mi conferencia?
- Me gustó, pero el título de su discurso me pareció un poco agresivo y pesimista, frente a la armonía de sus aseveraciones. Si Dios había muerto ¿Por qué entonces insistió tanto sobre la belleza y las mujeres?
- Porque justamente jovencito, la mujer mató a Dios, subyugando al hombre a la carne, a los placeres; de modo que la debilidad del sexo masculino reside en la mujer acogiendo al hombre con la compasión amorosa de una madre recibiendo a su hijo. La belleza en este caso se reduce a eso: al amor piadoso de la mujer. En tanto Dios, ha sido olvidado en el transcurso de la historia... hombres y mujeres se unen en la soledad oceánica de la muerte…
Luego el filósofo se disculpó, pues debía irse a otra exposición, quedándome solo con Óscar.
- ¿Y a usted, que le pareció? le pregunté finalmente.
Me sonrió, y me dijo en tono sarcástico que el discurso no era para nada una propuesta filosófica, sino más bien el pensamiento de un pensador derrotado e incomprendido con unos bigotes ridículos. Ambos soltamos a carcajadas. Era el inicio de una amistad profunda y duradera, que con el paso del tiempo aprendí a admirar. Nuestra diferencia de edad, no impedía una amistad fluida, ya que él es de esas personas que como gran artista que mostraba ser, conservaba la esencia de un niño, sin carecer así, de una vital energía y espontaneidad. De modo alguno, esos rasgos son para mí siempre destacables, sobretodo en una sociedad escasa de afecto, y más escaso aún, en los grandes ataúdes hechos a la medida de millones de personas, que son las grandes ciudades. Y viviendo en la capital santiaguina del fin del mundo, debía dar gracias por tener un amigo como él. Tampoco dejar de agradecer el terreno verdoso situado detrás de mi casa. Ese sitio bajo el olivo, me permitía ver más allá del horizonte, pensar más allá de las altas cumbres; y olvidar por momentos que vivía en pleno centro de Santiago.
- ¡Viejo, amigo, despierta! le insistí a Óscar, luego de haber recordado todos estos sucesos. Mi compadre, seguía durmiendo al otro costado del árbol. Mantenía en su mano un cigarrillo apagado. Lo tenía tomado de una forma bien peculiar, como si de ese cigarro dependiera su vida. Finalmente mi amigo despertó.
- ¿Qué tal la siesta? me preguntó.
- Muy extraña, le confesé. Mientras dormías, tuve al despertar una grata sensación, como si la virgen me hubiera iluminado.
- ¿Y de cuándo tan católico, Joaquín?
- Ni idea. Me vino aquella sensación atípica. Y creo que necesito tu ayuda para saber por qué he llegado a tener esta idea.
- A ver Joaquín, podría ser la virgen María... ¿Alguien quien conozcas se llama María?
- Bueno… la hija de la señora Mercedes, mi vecina. Una chica de unos diez y siete años.
- Mm, te debe gustar la niña.
- No sé, no lo creo… Es guapa, pero no sé nada más de ella.
Pabloski
Pabloski
Puntos : 3996
Cantidad de envíos : 273
Fecha de inscripción : 02/07/2010
Edad : 35
Localización : Del primer mundo, cerca de Júpiter

Al otro lado del olivo Empty Re: Al otro lado del olivo

el Lun Dic 02 2013, 18:32
Finalizo este post, con el capítulo II

         
                                                II


Ya habían pasado más de trece días que no tenía noticia alguna sobre Oscar Lavesi. Mis últimos días en casa habían sido complicados. Los arrebatos de mi padre tenían a mi madre angustiada; en tanto yo, me sentía el blanco de las culpas, como si mis padres vertieran sus frustraciones contra mí. Ya no aguantaba más seguir viviendo allí. Mi madre, pasiva con mi vida interior, prometía por todos lados no tener interés sobre mi vida en general. Y mi padre, de quien yo tendía más alienarme, era demasiado severo conmigo. Por lo que existía un doble vínculo con él, muy poco saludable.
Sabría por ende, que mi amigo escultor me comprendería, y tal vez, me daría un afirmativo ante mi propuesta de quedarme a vivir con él. Además, como era el inicio del verano, creo que las cosas serían más fáciles tanto para Oscar como para mí. De modo que luego de la hora del té, de ese mismo día, salí de mi casa a visitarlo con la idea clara de mi proposición.  
Llegando a su cabaña, debía pasar junto a la ventana que da a la sala de estar, antes de llegar a la puerta de acceso. Pero, al asomarme instintivamente por la ventana, pude ver a mi amigo en pleno acto sexual sobre la alfombra junto a la chimenea, con una mujer que no lograba identificar, al estar ella media tapada por el cuerpo de Óscar. Hasta que voltearon, pude darme cuenta, que era nada más y nada menos que la señora Mercedes, madre de María, mi vecina. Si la señora se mantenía de esa forma, pareciendo una joven de unos treinta años… ¡qué era de esperar bajo las ropas su hija! pensé velozmente.
Indudablemente la señora poseía un cuerpo adornado por curvas muy bien definidas. Y yo, desde el otro lado de la ventana, hacía curva con mi boca, pues asombro de la situación que veía no me faltaba. A su vez, sentía que estaba penetrándome en propiedad privada, porque no tenía ningún derecho de estar espiando la intimidad de mi amigo. Así que caí rápidamente en la cuenta de que tenía que irme de ahí.
¿Cómo era posible que Óscar anduviera inmiscuyéndose con la señora Mercedes? ¿En qué momento se habían conocido? y ¿Era una realidad entonces que mi amigo compensaba su soledad y nostalgia con relaciones esporádicas? Me convencí de que Óscar la había conocido en el entretanto de estos trece días.  Parecía cómico saber de esto, mas la cercanía que podía tener Lavesi con María, si es que la había, me apretaba el corazón. Al final no le di más vueltas al asunto hasta volver a ver a mi amigo. Decidí entonces echarme bajo el olivo. Estaba anocheciendo, y por milagro, se podía divisar una que otra estrella en el cielo contaminado de Santiago. Cuando aparecía la estrella que daba vertical a mi querido arbolito, me sentía acompañado tanto del olivo como de ese astro en lo alto. Era como si ante mis reflexiones recibiera retroalimentación silenciosa del árbol, mi árbol… y aquella estrella de color casi plateada me observaba como si siempre me estuviera giñando un ojo en son de aprobación. Porque por lo general, me iba al olivo a resolver mis problemas.
Pues, siendo yo estudiante de tercer año de psicología, podía contarle todo lo que quisiera a ese árbol, sin recibir nunca un juicio de reprobación, como sí podía ocurrir con Óscar, a pesar de que muchas veces lo hacía por desearme el bien. No tenía a un perro de mascota a quien contarle mis más íntimos secretos, pero si tenía un hermoso olivo justo detrás de mi casa. Y hago una separación contrastable, pues Lavesi, si bien era mi mejor amigo del cual podía confiar ciegamente, no todo lo que se me pasaba por la mente, llegaba a oídos de él. Actitud mía, que la consideraba como respetuosa conmigo mismo. Además, si pillé infraganti a mi amigo en cosas que no sé de él, ni tendría por qué saber, tampoco estoy yo para ser un libro abierto en todas sus páginas. No sé, pero me sentía defraudado por mi amigo, y la causa, el verlo con la madre de mi vecina, no debería ser una justificación razonable para encontrarme así. Así que saqué del bolsillo de atrás de mi pantalón un papel en blanco, algo amarillento por manchas de aceite y agua para ser más exacto, y el portaminas que siempre llevaba conmigo. Doblé el papel en cuatro como para que se afirmara mejor en mi mano, y escribí en letra imprenta: “La muerte del amor en hombres débiles es tan largo y lento, como lo es la búsqueda de amor por el camino opuesto”. No dejaba de convencerme; Lavesi lo había manifestado de forma tal, que permitía intuir que de irracional tenía poco. Es más, me daba la clara impresión que cada una de esas palabras, se evaporaba como la última gota de agua en medio del desierto. Contenían así, la experiencia vigorosa de un hombre que a sus casi cincuenta y tres años, daba cátedra en el amor a las mujeres, y asimismo, mostraba secuelas de alguien derrotado en ese mismo arte. Y es que pienso, con bastante poca experiencia en estos asuntos, que Óscar Lavesi, era un genio del sufrimiento. Por consiguiente, un romántico empedernido capaz de deleitar a muchas mujeres, con capacidad de amar profundamente a la mujer que le arrebatara su corazón. Probablemente el tipo había dejado su chispa amatoria en las manos de su última mujer, bloqueando así, la vitalidad de sus energías. Peor aún, llevaba consigo el apagón de una lenta muerte en vida, tras no asumir esa pérdida. Por mi parte, ni pensaba incluir a estos pensamientos míos, mala tolerancia a la frustración o bajo nivel de resiliencia. Son términos psicológicos que podrían entumecer mi reflexión, desmoronando el edificio de mis pensamientos como una torre de naipes.  
Se había armado ya la noche, cuando quise entrar a mi casa. Entonces, me despedí silenciosamente de mi olivo. Una vez en el pasillo de entrada de ésta, percibí una brisa helada que venía desde un costado. De alguna manera, me dio la sensación de que mi casa era muy similar a esos museos muy poco visitados, no por la apariencia física de la construcción, sino por una falta de comunicación tan anómala entre mi padre con mi madre, y entre mis padres y yo, que sin pensarlo me fui directo a mi cama. Cerré los ojos…
-¡Qué chillón tu pijama, Joaquín! me dijo una voz que iba acercándose hacia a mí. Divisé un rostro difuminado, hasta que se hizo nítido: era María…
De inmediato abrí los ojos hasta no dar más. Había sido un sueño sutil de pocos segundos. Me tranquilicé, hasta que luego me dormí.
A la mañana siguiente, desperté con olor a pan recién hecho en mi nariz; venía desde la cocina. Mi madre preparaba el paladar para servirnos un exquisito desayuno. Un café bien cargado con azúcar y pan amasado, me bastaba para que fuera la ideal primera comida del día. Mi padre no estaba presente. Había salido a una reunión de trabajo bien de madrugada. Él, Héctor Torrealba, trabajaba en una empresa constructora, y mi madre, Paula Mancilla, era una excelente dueña de casa. Creo que me parecía más a mi madre físicamente: ojos cafés y cabello castaño oscuro, que cuando me daba por mantenerlo casi rasurado, era prácticamente de color negro. Si bien, tenía estos parecidos a ella, no me asemejaba a ninguno de ambos en mis actitudes y manera de ser. Era un joven tímido (cada vez menos), con una enorme imaginación.
Por cierto, debido a mis fantasías, más de alguna vez mis estudios de la universidad perdían consistencia, al dispersarme en mis divagaciones o en la música de Johann Strauss. Sus vals me llenaban de un aire que por de pronto, creía que levitaba, o que tenía que caminar de puntillas por la sutileza de sus melodías. Si se trataba de caminar así, invocaba a María, hija de la señora Mercedes. Ella caminaba de una forma muy particular, como si nunca pisara con toda la planta de sus pies, sobrecargando las puntas de sus zapatos. Solo un par de veces me había detenido a observar desde lo lejos a mi vecina. Era una chica que causaba un gusto agridulce en la boca; me producía melancolía. Pero no por algo puntual, a definir racionalmente, sino porque había en esa mujer algo que me llevaba a reconocerla, a identificarla como alguien que tenía que ver con mi historia más personal. Y eso, se daba así no más; sin que todavía intercambiara palabra con ella.
Solía verse con su cabello tomado, de modo que se le podía ver su nuca al descubierto. Los colores castaños claro de sus ojos y pelo, le condecían un aire de máxima pureza. De cuerpo menudo como la fragilidad misma, me hacía creer que en cualquier instante se iría a trisar, al igual que un cristal sumamente delgado. Pero, ahora que sabía que Lavesi tenía por amante a su madre, me generaba un dolor en el estómago como si quisiera vomitar.
Con desasosiego, me dirigí nuevamente a la casa de Oscar. Lo vi sentado en la banca que mira del frontis de su casa a la calle. Con un cigarrillo en la boca, examinaba un tremendo pedazo de madera que sostenía con sus manos, apoyando ésta al suelo.
- Por fin has aparecido, Joaquín. Mira, fíjate en este pedazo de madera. Está lista para ser trabajada.
- ¿Qué harás con ésa, para precisar? le pregunté.
- Esta madera me permite hacer un caballo relativamente grande. Tengo unos cuantos hechos ya, pero de tamaños pequeños. En cambio, el próximo caballo que salga de esta madera, será imponente, elegante… causará una fuerte impresión. Un caballo que quedará plasmado en la memoria de quien sea su futuro dueño o dueña. Por lo mismo, tendrá un precio alto, porque será una de mis obras más preciadas. Si te digo compadre, que he visualizado tantas veces al caballo, que con esta madera podré ir sacando los restos sobrantes, al punto que el animal aparecerá por cuenta propia.
- ¿Será como el parto de una yegua? le pregunté riendo.
- ¡Sí, será como un parto en donde el recién nacido querrá salir de golpe y porrazo!
- Será tu obra maestra, te lo aseguro. Viendo todas las esculturas que tienes dentro de tu cabaña, la vara que te pones es alcanzable; en general tu obra es la de un artista consolidado. Y eso se nota…
- ¿Lo crees de verdad?
- Sí, claro, porque desde mi punto de vista, el artista que va en serio por la vida, no presume ni anda gastando la suela de los zapatos. Es como el escritor de vocación, que independiente a como le vaya con sus escritos en cuanto al éxito logrado, escribe porque lo necesita, como una fuerza interna que le lleva a mover la pluma sobre el papel. Es un oficio que permite alcanzar cierto grado de libertad personal, que otra actividad difícilmente puede conceder. ¿Qué piensas sobre esto que digo, Oscar?
- Hablando como escultor, la vida de artista es sacrificada, especialmente en países como el nuestro. En Chile, hay que buscar un rinconcito apropiado en la agresividad de nuestros compatriotas. Pienso que este lugar, siendo especial desde su geografía loca hasta su gente, que lejos de la locura tampoco lo está –sonríe-, es un sitio en el cual hay que ir ganando terreno a rasguños en el arte. Fíjate Joaquín, si no tenemos resonancia en la lectura y en la apreciación artística, ¡Qué cabida social podemos darnos los escultores! Creo que necesito fortaleza anímica, justamente lo que siempre me ha jugado en contra. Soy una persona débil en muchas facetas de la vida. Así todo, me mantengo fiel a mi trabajo…
- ¿Por qué dices que eres frágil? No conozco a nadie que sea fuerte en todos los planos de la vida. No sé, pero especulaba hace poco, que eras un grandote del sufrimiento.
- No sé si considerarme así…
Una cierta expresión de tristeza dejó entrever Óscar. Parecía a esos sujetos que merecía vivir en otra época que ésta. Tal vez, hace un siglo atrás, su vida sería mejor comprendida por el resto de los mortales.
Mi amigo, era una persona especial… Su alma de niño rompía con lo establecido en el común de las personas. Y eso, era lo que más preciaba en él. De algún modo, veía a un jovencito indefenso vestido de hombre serio y que se decoraba con la costumbre de fumar. Su estatura superaba el metro noventa, con un andar lento, pausado, como si nada lo apurara. Mientras el mundo corría desenfrenado junto a él, su destino en esta vida era azaroso; y lo expreso así, porque se anclaba a su pasado de tal manera, que no pretendía tomar las riendas de su presente. Lo veía amarrado a tiempos de antaño.
- Joaquín, hay algo de mí que se perdió en las aguas más profundas del océano, en ese mar del pacifico sur. Fue en el puerto de Valparaíso, donde me despedí de Clarita, mi última compañía, mi única y gran amor. Y debo reconocer que ella no murió como te conté, muchachito. Ella sigue viva aún, y como sus palabras lo atestiguaron, el amor hacia mí se le acabó; el amor de ella conmigo se le apagó.
- ¿Cómo? ¿Ella vive entonces?
- En efecto, ella vive. Y perdóname si no te conté bien las cosas.
- Sí, sí; no te preocupes, continúa…
- Y bueno, cuando me llevó a orillas del mar para decirme todo eso, fue ahí, en ese mismo lugar donde no volví a ser más el mismo. Si te digo, nunca entendí su adiós, su tan drástico corte conmigo. Nunca me explicitó las cosas como para dejarme tranquilo. Y si lo hubiera hecho, si en sus palabras hubiera traído su verdad tal cual, con decenas de razones, puede que hubiera sido más tolerable el dolor. Pero no, me cortó el aliento como esperando ese momento para su venganza... Y claro, después de bastante tiempo me di cuenta que no fue ningún afán vindicativo ni mucho menos, sino que estaba muy confundida, y yo en tanto, cometí el error de desesperarme como un niño que se pierde en el bosque… así de imbécil, y así perdí la cabeza.  
- Mm…entiendo, Oscar ¡Lo siento mucho! No sé qué decirte... ¿Por qué dices que no eres el mismo de antes? ¿Qué has perdido de ti mismo?
- He perdido mi agrado por la vida.
- ¡Vamos, viejo! Conmigo eres un tipo genial, con un gran carisma. Nunca pensaría que no te gustara la vida… ¿Y con respecto a nuestra amistad, Óscar?
- Llevamos una amistad sólida, ya de buen tiempo. La nuestra es pura, como pocas. Su base está muy lejos de intereses egoístas; tú eres estudiante, y yo, alguien que aprendió a gestionar su pobreza material, en la riqueza de una vocación.
- Pero puede que tu vocación sea Clarita…
Tras decir esto, Oscar se dejó caer sobre la banca como un saco pesado. Con sus ojos grises puestos en el horizonte, acudió a decirme con voz pastosa: “Esto que has mencionado, tiene la veracidad y honestidad de un hombre sobresaliente”.
- Joaquín, llevas contigo la esperanza de toda una vida por delante. Ello implica, que el tiempo no te apremia. En cambio a mí, el tiempo que pasa me carcome, tras romper con Clarita Millán.
- No te entiendo… ¿Por qué dices que soy alguien sobresaliente?
- Me doy cuenta; reconociste de inmediato mi real vocación.
- Creo no tener nada de sobresaliente, Óscar. Se me ocurre que Clarita sigue siendo lo primero en tu vida, porque noto que sigues aferrándote al recuerdo que tienes de ella.
- Y yo te digo que no estás equivocado. Cuando una mujer te atrape de la manera que lo que hizo ella conmigo, Joaquín, te acordarás de mí.
- Seguro que sí. Soy inexperto todavía en esto, y percibo que a mis veinte y dos años, es mi deuda con la vida. Por eso, si es un duelo lo tuyo, trato de comprenderlo.
- No te cabecees por estás cosas, Joaquín.
- Ok, es que hasta cierto punto, no logro entenderte.
- ¿Qué no entiendes, muchachito?
- Esa desesperanza atroz que padeces.
- Bueno ¡dejémoslo!
- Está bien, perdona…
Pabloski
Pabloski
Puntos : 3996
Cantidad de envíos : 273
Fecha de inscripción : 02/07/2010
Edad : 35
Localización : Del primer mundo, cerca de Júpiter

Al otro lado del olivo Empty Re: Al otro lado del olivo

el Mar Dic 03 2013, 22:12
Ningún comentario sobre mis dos primeros capítulos?? :/

Emm, soy novato en esto, y me falta mucho por mejorar, sí.

Pero la indiferencia vuestra, no me ayuda a ver sus puntos de vista.

Un saludo.
avatar
Sergio Fisch
Puntos : 4948
Cantidad de envíos : 2357
Fecha de inscripción : 10/06/2013
http://www.superdotados-intelectuales.org/

Al otro lado del olivo Empty Re: Al otro lado del olivo

el Miér Dic 04 2013, 00:14
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] escribió:Ningún comentario sobre mis dos primeros capítulos?? :/

Emm, soy novato en esto, y me falta mucho por mejorar, sí.

Pero la indiferencia vuestra, no me ayuda a ver sus puntos de vista.

Un saludo.
Pabloski, éste no es un foro literario. Tal es así, que hasta ahora yo no sabía que vos escribieras literatura. Nunca participaste de ninguna de las escasas actividades literarias del foro (¿o sí?). Ningún comentario tuyo en los hilos sobre escritura y autores. En los concursos de cuentos ni figurás. ¿Votás siquiera en esos certámenes? Te pregunto porque recién ahora me entero que en el foro hay un novelista...

Tu lamento me hace acordar a la primera escena de El Padrino (The Godfather, 1972, Coppola). Volvé a mirarla y comprenderás por qué te lo digo.

Tengo una abultada agenda de lecturas. Ahora estoy leyendo a Le Clezio. Me pedís que deje su magistral novela de lado para leer la tuya. Ésa es la situación, al menos en lo que a mí respecta.

Sólo puedo prometerte leer los capítulos que subiste. Lo haré cuando tenga un rato libre (cosa que ignoro cuándo será). Y si querés, te haré una devolución lo más sincera posible.

Espero que no tomes a mal mis comentarios.
sonríe
sonríe
Puntos : 2896
Cantidad de envíos : 364
Fecha de inscripción : 15/07/2013

Al otro lado del olivo Empty Re: Al otro lado del olivo

el Miér Dic 04 2013, 01:50
Pabloski, hay algo que debes tener en cuenta en novela (sobretodo): las primeras líneas son vitales.

Debes enganchar desde la primera palabra, seguir haciéndolo a lo largo de la primera frase, y no dejar que el lector termine el primer párrafo sin querer más. No es sólo una recomendación frente a editores, es general.

Para ello hay trucos, cada uno tiene los suyos y hay un amplio abanico de demostraciones. Ese punto es también algo que distingue a unos escritores de otros.

En este tipo de críticas meterse en detalles es como hacerlo en cocina ajena. En mi caso prefiero hacerlo de forma general.

En cuanto a la no obtención de respuesta, ten en cuenta que lo publicaste ayer a media tarde española. Para temas así de tres a cuatro días a una semana no habría sido impaciencia.

Saludos.
avatar
Sergio Fisch
Puntos : 4948
Cantidad de envíos : 2357
Fecha de inscripción : 10/06/2013
http://www.superdotados-intelectuales.org/

Al otro lado del olivo Empty Re: Al otro lado del olivo

el Miér Dic 04 2013, 03:02
Estoy leyendo, Pabloski. Mientras como aceitunas rellenas con queso gruyere... Smile 
Pabloski
Pabloski
Puntos : 3996
Cantidad de envíos : 273
Fecha de inscripción : 02/07/2010
Edad : 35
Localización : Del primer mundo, cerca de Júpiter

Al otro lado del olivo Empty Re: Al otro lado del olivo

el Miér Dic 04 2013, 03:59
Jaja, Sergio! Créeme que el estilo de mi lamento ha sido mera causalidad al parecerse al del Padrino. Es un lamento, sí, sin duda. Mas, es por impaciencia que por otra cosa, tal como dice Sonríe.

De todas formas Sergio, tuve que leer dos veces tu post de respuesta, ya que lo único que no me calzaba ni me sigue calzando, es la agresividad de la primera frase, frente a lo relativamente asertivo de lo que sigue.

Lógico, hombre, que no es un foro literario, aunque estimo convencido que esta sección literaria se presta perfectamente para exponer al menos dos capítulos de mi novela.

Sobre el resto, menciono "relativamente" asertivo, porque tampoco debo pedir a partir de la retribución de ustedes. O sea, por tener nula participación en otros posts de esta sección, ¿voy a tener que pedir casi que permiso, para que me den sus puntos de vista? Me hace sentir (seguro, sin que lo quieras) un huésped, o más feo aún, a un allegado.  

Sonríe, te agradezco mucho tu observación sobres la primera estrofa. Es algo que venía intuyendo y dándole vueltas, pues a mi tampoco me convence la verdad Smile
avatar
Sergio Fisch
Puntos : 4948
Cantidad de envíos : 2357
Fecha de inscripción : 10/06/2013
http://www.superdotados-intelectuales.org/

Al otro lado del olivo Empty Re: Al otro lado del olivo

el Miér Dic 04 2013, 05:34
Pabloski, mi comentario no fue agresivo, pero sí duro. Y justo. No sé qué dirán los demás padrinos, pero si te miran por sobre el hombro sin darte mayor bola, ¡te lo tenés merecido! ¿Creés realmente que esto es agresividad? Aguardá a ver lo que te dice tu primer editor. Quiero decir: tu primer no editor.

Haré como si vinieras a nosotros amistosamente, con el debido respeto y guiado por el espíritu de reciprocidad (musicalizá esta frase con la banda sonora de Henry Mancini...). Crazy 

El primer editor que consultes, no te editará. Pero tampoco te contestará con el consabido "Lo sentimos, pero su material no reúne los requisitos mínimos de calidad". Más bien, te dirá algo como lo siguiente: Tu novela debe trabajarse más. Hay que encajonarla un tiempo. Digamos, un año. O dos. Entretanto, hay que seguir con el oficio. Leer, escribir otras cosas, pensar. Al cabo de ese lapso de tiempo, hay que reflotar la novela y someterla a corrección. Una primera revisión de la obra tras su descanso, como se sabe, dejará en evidencia todo lo que no funciona: frases mal construidas, imprecisiones semánticas, confusiones de planos (tiempos, voces), detalles superfluos, escenas poco logradas, etc. El editor agregará: Una vez que esa corrección esté hecha, él estará disponible para hablar del asunto otra vez. Aunque sin prometerte nada.

Que eso ocurra, es un buen signo. Pero olvídate de tu sueño: nadie te editará la novela así como está. Y si alguno dice mostrarse interesado en lanzarla ya mismo, es porque te pedirá dinero a cambio. Pero aún así, aún viéndote arrastrado por la inconducente senda de la "edición de autor", los oportunistas te propondrán los servicios de un corrector de estilo. Además de uno ortográfico, desde luego. Te desaconsejo esa vía, obviamente.

Los chilenos están acostumbrados a la buena prosa. Ustedes tienen a José Donoso, a Sepúlveda, a Edwards, a Bolaño... Vos estás en esa tradición, la de la prosa cuidada. Pero como tu estándar es alto, te metiste en un baile muy agitado, donde es difícil seguir el ritmo.

Hablando de música, se me ocurrió una metáfora para expresar tu caso (según mi parecer, claro):

Una vez leí que en los equipos de alta fidelidad, el amplificador debe ser más potente que los parlantes. Si éstos son de 60 watts, aquél debe ser de 100. Pero eso sí: nunca hay que ponerlo al tope, porque, si no, los parlantes reventarán (obvio). Los que no saben del asunto piensan al revés: ponen amplificadores menos potentes que los parlantes, creyendo que así hacen profilaxis. Craso error. De esa forma destruyen los parlantes, porque el débil amplificador, para moverlos, debe dar lo máximo de sí, y este máximo es de mala calidad sonora. El máximo nivel de cualquier amplificador es un sonido irregular, roto, discontinuo, saturado, etc. Siempre. En cambio, el rango medio de todo amplificador es óptimo, porque es terso, con menor distorsión armónica, sin saltos bruscos, sin soplido, etc. Por eso mismo, si los parlantes son de 100 watts, hay que enviarles 60-80 watts de calidad. O sea: el rango medio de un amplificador de 100 watts de potencia máxima.

Al pertenecer a una tradición de grandes prosistas, tu novela está como obligada a sonar alto. Digamos, 100 watts. Pero ésa es la potencia máxima de tu amplificador (tu oficio, tal como lo has desarrollado hasta el momento). Le estás enviando a tu novela el máximo de tu poder, y se nota. Por eso, el sonido de tu novela rompe aquí y allá, se satura por momentos, se oye un soplido de fondo en ciertos pasajes, tus tweeters chillan con estridencia en algunas frases... Te lo digo yo, y te lo dirá cualquier editor que no te quiera vender sus servicios oportunistas.

Hay dos soluciones:

1) O bajás el nivel de tus pretensiones a, digamos, 60 watts (teniendo por norma estándar a Skármeta en vez de a Bolaño, por así decir), para así trabajar con tu rango medio, el óptimo, erradicando cualquier imperfección derivada de tu excesiva ambición literaria;

2) O continuás con tu estándar alto y, durante un tiempo más de formación, subís la potencia de tu amplificador a 160 watts, de modo que tu nuevo rango medio (80 watts) permita mover los poderosos parlantes sin que el sonido rompa o se oiga un soplido de fondo.

No sé a vos, pero a mí me gustó la metáfora. Smile  Y por supuesto, creo que el camino correcto es el segundo. Siempre. Y estoy seguro que podrás tomarlo confiadamente, porque hasta ahora hiciste bien tu trabajo. Por otra parte, el truco de dejar el manuscrito en barbecho es uno de los gajes más habituales del oficio de escritor. Ricardo Piglia, por ejemplo, deja descansar su manuscritos 2 años enteros. Y eso que él tiene mil veces más experiencia que vos (para que veas: no tuvo hijos para poder dedicarse 100% a la literatura).

Bueno, veamos qué te dicen los demás. ¡Si es que te dicen algo! No creo ser el único que se viene a enterar recién ahora de que escribís novelas...
©Sergio Fisch


Última edición por Sergio Fisch el Lun Dic 16 2013, 22:25, editado 1 vez
Pabloski
Pabloski
Puntos : 3996
Cantidad de envíos : 273
Fecha de inscripción : 02/07/2010
Edad : 35
Localización : Del primer mundo, cerca de Júpiter

Al otro lado del olivo Empty Re: Al otro lado del olivo

el Jue Dic 05 2013, 02:41
Todo tu discurso, Sergio, se basa en tu hipotética idea de:

1) Me interesa ser un escritor de elite
2) Quiero publicar y sacar ganancias

Falso. Ninguna de ambas. A mi escribir novela y cuento me nace como a ti te nace postear en este foro; me nace prácticamente como una vocación.

Y, no espero nada, que no sea dejar fluir esta disposición mía a escribir. Si algún día me convierto en un buen escritor, pues le daré la bienvenida, si no, bien también.

De todos modos, me llama más la suerte que tuvo Van Gogh, después de morir. Vale decir, me es tan indiferente como querer tener familia.
avatar
Sergio Fisch
Puntos : 4948
Cantidad de envíos : 2357
Fecha de inscripción : 10/06/2013
http://www.superdotados-intelectuales.org/

Al otro lado del olivo Empty Re: Al otro lado del olivo

el Jue Dic 05 2013, 03:33
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] escribió:Todo tu discurso, Sergio, se basa en tu hipotética idea de:

1) Me interesa ser un escritor de elite
2) Quiero publicar y sacar ganancias

Falso. Ninguna de ambas. A mi escribir novela y cuento me nace como a ti te nace postear en este foro; me nace prácticamente como una vocación.

Y, no espero nada, que no sea dejar fluir esta disposición mía a escribir. Si algún día me convierto en un buen escritor, pues le daré la bienvenida, si no, bien también.

De todos modos, me llama más la suerte que tuvo Van Gogh, después de morir. Vale decir, me es tan indiferente como querer tener familia.  
Perdón, pero no me fío de tus palabras. Decís que no querés publicar, y estás publicando. Publicaste los dos primeros capítulos de tu novela. También esperaste que alguien te hiciera una devolución, como vos mismo dejaste en claro ayer con tu lamento. Conque tu indiferencia es, como mínimo, dudosa. Por otra parte, si tu vocación se asemeja a la que presuntamente tengo yo por postear en el foro (podrías haber sido un poco más original en tu injuria, ¿no?), entonces también tu vocación por escribir es poco creíble. Y en cuanto a tu postura ante la vida, bueno... Eso es asunto enteramente tuyo, desde luego, pero no me quieras hacer creer que practicás budismo zen o algo así. Soy tan ingenuo en el rubro doctrinas como vos sos Van Gogh en el rubro arte...

Cambio y fuera.

El autor de este mensaje ha sido baneado del foro - Ver el mensaje

Pabloski
Pabloski
Puntos : 3996
Cantidad de envíos : 273
Fecha de inscripción : 02/07/2010
Edad : 35
Localización : Del primer mundo, cerca de Júpiter

Al otro lado del olivo Empty Re: Al otro lado del olivo

el Jue Dic 05 2013, 11:46
Claro que no te fías de mis palabras. Eso lo noté desde un principio. Además, te afirmas de mi lamento para generar una burla, actitud que no deja de ser primitiva...

El autor de este mensaje ha sido baneado del foro - Ver el mensaje

Bob Taranti
Bob Taranti
Puntos : 2939
Cantidad de envíos : 414
Fecha de inscripción : 21/08/2013
Edad : 31
Localización : Aquí

Al otro lado del olivo Empty Re: Al otro lado del olivo

el Vie Dic 06 2013, 06:10
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] escribió:Haré como si vinieras a nosotros amistosamente, con el debido respeto y guiado por el espíritu de reciprocidad (musicalizá esta frase con la banda sonora de Henry Mancini...). Crazy
Mil años de sabiduría en una sola frase Shocked

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] escribió:Recomendación técnica y de parvulario. Separa(bien separado) en párrafos menores.

Si lo haces creo que a lo mejor lo leeré.

Sigue en ello: adelante.

No te puede dar una opinión como la de Segio, no se de literatura, pero si de Marketing. De verdad tuve la intención de leerla, pero tuve que enfrentarme a esos párrafos infinitos... Mato tiene razón, en párrafos menores se podría leer mas agusto... ¡Sigue adelante!
avatar
YoDigo
Puntos : 4174
Cantidad de envíos : 1185
Fecha de inscripción : 27/09/2013
Localización : Sólo sé que sé muy poco

Al otro lado del olivo Empty Re: Al otro lado del olivo

el Miér Ene 01 2014, 06:16
La acabo de leer y me gustó. A mi personalmente me entretuvo, pude sentirme identificado con el protagonista, sentir a los personajes como si existieran realmente, y adentrarme en la historia. Espero que publiques la continuacion de la novela.
Pabloski
Pabloski
Puntos : 3996
Cantidad de envíos : 273
Fecha de inscripción : 02/07/2010
Edad : 35
Localización : Del primer mundo, cerca de Júpiter

Al otro lado del olivo Empty Re: Al otro lado del olivo

el Miér Ene 08 2014, 14:26
Hola YoDigo,
Me alegro que te haya gustado.
Te dejo el capítulo III y IV.
Un saludo.

                                                         III


Casi como si el mundo se fuera a acabar, Óscar seguía tallando la madera, mas, la coordinación de sus manos y brazos eran de una precisión que asombraría a cualquiera. Poco a poco iba apareciendo el cuerpo del caballo con sus respectivas patas traseras.
- La cabeza va para lo último Joaquín, me dijo mi amigo con aire de satisfacción y una sonrisa en su semblante.
Por de pronto, Lavesi me hacía pensar en mi padre por la agudeza de su concentración hacia su objeto de trabajo. Ambos, con temperamentos muy diferentes, no se parecían en nada. Mi padre calmaba su neurosis pintando con sumo aislamiento de su entorno inmediato; y Óscar, más bien hervía de pasión  cuando trabajaba, que su vez, podía hacerlo con bastante bulla a su alrededor sin que se molestara, sin perder la fijación en su ocupación. Si bien uno era artista novato, pues era mi padre ingeniero, para el otro significaba todo lo que tenía y era en ese momento. Pues era su profesión, su andamiaje que cobraba sentido en estos tiempos.
No me gustaba hacer una comparación entre mi amigo y mi padre Héctor. Estoy seguro que cuando la pensaba, había en ello una frustración latente en mi relación con el primero. Seguramente había algo en mi amistad con Lavesi, que compensaba en cierta manera la relación defectuosa con mi padre…
Las horas pasaban, y Óscar esta vez, limaba el futuro caballo mientras yo veía televisión sentado cerca de él, en el cuarto principal de la cabaña, lugar perfecto para múltiples funciones por la amplitud del espacio. Lavesi llamaba a ese rincón de su cabaña: “Taller de los mil Demonios”. Aunque a ojos de un intruso, podría parecerse más al cuarto de un bohemio que a otra cosa. La variedad de piezas y objetos decorativos que yacían, desde herramientas extrañas, pasando por telas exóticas de rasgos precolombinos, hasta mallas y alambres, daba para convencerse finalmente que el nombre puesto por Oscar a su taller, contenía mucha verdad. De alguna u otra forma, esos demonios internos se reflejaban en ese desorden; porque en mi preciado amigo, si había algo particularmente inconfundible, era su dispersión, nada semejante con la pulcritud y focalización con su trabajo. A eso hay que agregar, su costumbre de vivir mirando hacia atrás. Esto se atestiguaba con los utensilios de su casa, ya que de asuntos electrodomésticos no tenía la más mínima idea. Qué decir de un microondas o de un computador. Esas cosas estaban fuera de su campo mental.
Pasaron algo más de dos horas, cuando mi compadre me observó con la mirada perdida, fuera de la pantalla del televisor.
    -    ¿Te preocupa algo?
    -     No, no, repuse; no me preocupa nada. Es que tengo ganas de orinar, y
           siendo honesto, no me gusta usar tu retrete de madera.
     -     Me haces reír, Joaquín… En ese caso, no te cuesta nada correr a tu casa.
     -     ¡Claro! No hay nada mejor que usar el baño de uno, ¿no?
     -     Tú te irás a tu casa, y yo me detengo con este caballo. El animal tendrá un    descanso. No lo retomaré hasta varios días más.  
- ¿Y por qué?
- Porque hoy por la mañana me telefonearon. Mañana mismo parto al sur, a Osorno. Me salió un trabajito para la restauración de una tienda comercial. Y bueno, creo que vuelvo más o menos en dos semanas más, para antes del treinta de enero.
- Ah, te vas... Espero eso sí, que no te entusiasmes tanto con las osorninas.
- Ni tiempo habrá para eso.
Noté a Oscar un poco exhausto después de tres horas sin parar con su tallado, a pesar de que mantenía una vitalidad de esas que aparecen desde el primer minuto por la mañana, y que no se esfuma con tanta facilidad.
Al rato, abracé a mi amigo para despedirme y desearle un buen viaje.
- Espero verte luego compadre, le dije.
- Descuida. Y no te preocupes, que volveré recargado de nuevas y mejores ideas.
Corrí hacia mi casa; además que querer vaciar mi vejiga, el hambre me carcomía las tripas. Antes de llegar a la cuadra que da con mi casa, debía pasar por una pequeña plazoleta de unos cuantos árboles robustos. No me gustaba la idea de tener que orinar detrás de esas plantas, pero se prestaba para hacerlo, ya que en ese minuto, no había nadie en la cercanía que pudiera verme en tal descuido. Terminé por mear con remordimiento sobre unos bellos agapantos. Pero, cuando ya me subía el cierre, escucho unas risas burlonas a unos pocos metros de donde yo estaba. Juraba encontrarme solo en aquel lugar, lejos de toda persona que pudiera descubrirme. Pero al darme la vuelta, veo a un señor de unos sesenta años que reía y jugueteaba con una mujer joven, demasiado joven para estar con él. Ambos parecían felices, al menos eso demostraban. Cuando de pronto, ambos pasaron cerca mío, y sin titubear, descubro al filosofo que hace más de un año atrás, dio una charla sobre Dios en el edificio Lautaro, y que me permitió por ese entonces, conocer a mi amigo Oscar Lavesi. No había duda alguna; el hombre conservaba los mismos espantosos bigotes. Pero esta vez pude darme cuenta, de lo que era un presagio: emborrachado y con terno gris a maltraer, coqueteaba con una mujer más parecida a esas que venden su cuerpo por unos cuantos pesos. Sentí una repentina pena por el hombre, y a su vez, sentí mi intromisión. No por interrumpirlos, sino porque mi presencia me hacía ver en mí, a un intruso en medio de la ruina en que se encontraba el filosofo. Esa sensación me dio. Así todo, lo miré con gratitud al cruzarse delante mío con aquella mujerzuela a su lado. Era la mejor forma de mirarlo, puesto que a él le debía el inicio de mi amistad con Lavesi.
Luego de aquel suceso estrambótico, llegué a mi casa. Allí estaba mi madre, que se sentó a la mesa junto conmigo para cenar. Si bien, tuvo todas las intenciones de compartir, su presencia en la mesa no fue del todo agradable. Tampoco superó mis expectativas, pues no me habló nada en todo el rato de la cena. Así que me dirigí a mi pieza, y tendido sobre mi cama pensé sobre la enfermiza relación que le ejercía mi padre a ella. Mi madre estaba sumida en frustraciones y desgano, por lo que sólo atiné a decir que la comida estaba exquisita, cuando almorzábamos.
Estando en mi cuarto, hojeé uno que otro poema de Benedetti. Hubo uno que le tome notoria importancia. Se titula “¿Qué les queda a los jóvenes?” Había en el primer párrafo del poema, un verso que seguía así:
                           
                             no dejar que les maten el amor
                            recuperar el habla y la utopía
                            ser jóvenes sin prisa y con memoria
                            situarse en una historia que es la suya

Estos versos me calaban hondamente; la situación familiar delicada nos comprometía a los tres. Nos estábamos matando el uno al otro, siendo mi pasividad ante aquello, preocupante. Inclusive, parecía que yo no tenía nada que ver con lo que estaba pasando allí. Y ciertamente, esta actitud pasiva mía, igualmente se incrustaba en mis padres, propiciando un clima que condimentaba aún más el problema.
No lograba entender la apatía de mi padre con mi madre; me veía en el medio de una confrontación acostumbrada, como si el llevarse mal, fuera algo de lo más común. Naturalmente ellos tenían sus días buenos, en el cual se mostraban animosos, siendo éstos contados con los dedos. Héctor, mantenía una buena posición dentro de la empresa en la que trabaja, por lo que problemas económicos no habían, y ello se notaba con claridad. No sé, pero me venía culpa por encontrarme en el medio de esas reacciones insanas, porque si ellos se lanzaban dardos que no dejaban indiferente a nadie de nosotros, también por omisión había de que mencionar, pues se contaban ambos muy pocas cosas, y yo era quien más omitía.
Por esto, que esos versos de Benedetti, me incitaban a tomar las riendas al menos de mi propia historia. No podía verme abatido ante este hecho, pues si yo iba sin prisa y con memoria, la historia de mi generación tendría que recapitular el presente, tendría que renovar la historia que llevamos. Porque si nos queda poco los jóvenes por ejemplificar los valores fundamentales con toda nuestra indiferencia y superficialidad materialista, debíamos con mayor razón y ahínco, deber doblegar nuestra situación con el mundo. Y eso comienza por casa, en la cual, bien poco podía yo mostrar.
Con los brazos afirmando mi cabeza acolchada por la almohada de mi cama, me hice la siguiente pregunta: ¿Hasta qué punto la competencia eclipsa al hombre a amarse el uno al otro? Me daba toda la impresión, que el aprecio del hombre por el hombre, emergía de la competencia por sobrevivir, y por tanto, el amor se soportaba sobre una base egoísta y temerosa, cuando tendría que ser al revés: el amor, como fuente de todo lo demás.
Sin duda que también la ausencia de mi amigo Oscar, irían a producirme todas estas dudas y preguntas, pues era muy cierto que mi amigo era el camuflaje perfecto ante el clima familiar que yo padecía. Y entre tanto desdén y preocupaciones amargas, descubría el recuerdo de mi vecina María, como una luz nítida que aparecía en el claroscuro de mi vida. Porque esa melancolía que la joven me producía en un comienzo, se convertía en ganas de poder verla, hablarle, y de poder sin más rodeos, conocerla y saber de ella.



IV


Los días que prosiguieron a la partida de Oscar al sur del país, fueron para nada aburridos. Es más, fueron tan poco habituales a lo imaginado, que me dio la impresión que cuando uno sale de lo rutinario, las posibilidades de encarar el destino, traen consigo la inevitable novedad. Porque a falta de pan, buenas son las tortas, como dice la expresión española. Si mi buen amigo no estaba presente, me daba al menos el tiempo de ir al cementerio a visitar a mi hermano Sandro. Estando allá, fui poniendo unas cuantas margaritas con ramas de mi olivo en su tumba. Me encontraba hincado con la mirada puesta en su lápida, cuando repentinamente, noté que me saludó una mujer con voz desconocida.
- Hola ¿Eres Joaquín Torrealba?
- Sí, el mismo. Tú debes ser María, hija de la señora Mercedes; dije sabiendo muy bien con quien estaba tratando.
- Sí, soy María, aunque la verdad es que Mercedes es mi tía. Soy huérfana; mis padres murieron hace bastantes años atrás en un accidente de avión.
- ¡Ah, lo siento mucho!
Me sentí de momento muy tonto. Esta escena fue doblemente sorpresiva: primero encontrarme con María en el cementerio, y luego que me diga esto. Si ya en los pésames me veía torpe quizá por miedo a la muerte, tener a ella frente a mí en tan inesperada situación, me acobardaba en cierta manera.
- Está bien, no te preocupes.
- Bueno, yo vine a ver a Sandro, mi hermano, quien murió con apenas tres meses de edad, producto de una malformación.
- ¡Qué lástima!
- Sí, lo es, pero creo que está más que superado.
Ella me sonrió con una expresión de ternura tal, que llegué a tiritar. Era como si el mundo le quedara pequeño frente a su rostro tan bonito.
- ¿Puedo decirte Joaco? Me gusta tu nombre, aunque a ti te viene mejor este apodo. Joaco te queda bien, es más tierno.
- Dime como te acomode, que no me hago problemas.
Me ruboricé tanto, que me sentí totalmente delatado por mi atracción hacia ella.
A partir de ahí, las cosas que fueron ocurriendo, tuvieron un fuerte impacto en mí. Nunca ninguna mujer hasta ese momento, me había calado tan hondo como para rebosar de una alegría infinita. No solo su presencia atestiguaba que había un pasaje nuevo en mi vida que yo desconocía, sino también su ausencia de ratos o de un día, me incitaba a convencerme de que ella contenía un imán dentro de sí, siendo yo, víctima de esa poderosa atracción. Porque para ser honesto, no la solté más. Comenzamos una relación de amor, que con diez días desde el inicio, daba para sospechar que llevábamos juntos solo tres días. Las horas por tanto, se hacían cortas, mas, el reloj no tenía cabida en este contexto. Pues si la horas iban asociadas al fin de una vida y al comienzo de un ataúd, mi amor por ella me hacía creer inmortal. No sé, pero hace días atrás como hube contado, tuve un despertar en el cual invoqué a la virgen bajo el olivo seguramente por su nombre. Luego se dio mi primer encuentro con María Rivas en el cementerio. Esto podía ser una especie de coincidencia de tipo religioso que hasta cierto punto me asombraba, pero también, me causaba extrañeza, puesto que parecía que la religión se me asomaba.
Asimismo, recordaba que la religión católica plagada en su historia con innumerables crímenes, no se parecía en nada al amor. Bien tenía claro, que en diez días de mi relación con María, todavía era todo muy incipiente, aunque ya oía los primeros cantos de un enamoramiento embobado. Así todo, enamorado o en estado de gracia, sentí de pronto un fuerte rechazo por ese dogma religioso. Me parecía irónico que muchos opten por afirmarle a Dios el amor maduro y de por vida, utilizando la Iglesia como el medio para hacerlo, cuando a mí me parecía aquella Institución una de las más sangrientas que se conocían. Lo que sí, y en algo podía parecerse al amor, es que el acto sexual con mi amada María contenía la fuerza de un violento agresor, y al mismo tiempo, la pureza y delicadeza de un vestido blanco de seda. Y en eso sí que se ganaban conquistas, pero sin saber si la guerra estaba vencida, ya que en mi relación de apenas días, faltaba todavía por sortear los problemas mundanos que podían presentarse, más allá de esa hipnótica alegría de amar y ser amado.  
De todos modos, si bien María tenía recién cumplido diez y ocho años, me daba cuenta de su madurez, que probablemente tenía la causa en sus circunstancias vividas por la defunción de sus padres. No obstante, ello no impedía su dicha por todo lo que hacía con enorme sensibilidad, puesto que su ingenio la llevaba a enseñarme a tomar otra perspectiva de las cosas. Digo esto, porque si yo abusaba de vez en cuando de andar sobre la nebulosa de mis pensamientos, desaprovechando lo mundano, ella en tanto, era capaz de divertirse hasta con el más mínimo detalle: la jardinería, vestirse con cuidado, sensibilizarse con una puesta de sol… como si aquellas cosas mundanas tuvieran un refinamiento equivalente a la danza clásica. Había en mi María, prolijidad por esos asuntos, que muchas veces los pasaba yo por alto. En ese aspecto, mi querida me estaba enseñando más y más.
Sin embargo, no pretendo adelantarme a los hechos. Por eso, que volviendo a nuestro primer encuentro en el cementerio, le dije a María:
- Este lugar me entrega solo tristeza, y además hace frío.
- Sí, no es un sitio para conversar más allá de unos minutos.
- Claro, tienes razón le dije; creo que es hora de irme. ¿Te parece si volvemos juntos a nuestras casas?
- Tenía pensado quedarme unos minutos más acá -replica María-. Hace mucho que no venía a ver a mis padres.
- Bueno, yo me marcho. ¡Qué estés muy bien María!
- Chao Joaco; me sonríe ella.
Apenas me estaba yendo cuando la bella María, me dice: “¡Ey, tú! la verdad que hace frío acá. Yo también parto a casa.
- Bien, entonces vamos, pero mejor te propongo ir a un café. Vamos por un capuccino.
- Jaja, puede ser… ¿Por qué no? culmina ella.
Estando sentados ambos en el café “L Auberge”, cercano a Plaza Italia, descubrí en ella a una gran conversadora. Quise preguntarle muchas cosas, aunque nuestras miradas se divertían mutuamente, dejándome seducir por el inquieto juego de sus ojos mientras nos hablábamos. La música de fondo en el café nos acogía con los cantos de la francesa Edith Piaf.
- La película sobre la cantante –prosiguió ella-, tiene los sucesos necesarios como para verme reflejada en algunos de sus pasajes. Tanto Piaf como yo, conocimos el drama de hallarnos sin padres. Aunque en la cantante si sus padres no murieron, daba lo mismo, porque Piaf se había hecho sola, con el desentendido de sus padres ausentes.
- Y eso debe ser peor que la muerte, aunque se le parezca, agregué.  
Por otro lado, Mercedes Pisi ha sido un pilar fundamental en su educación.
Al decir ella esto, no quise ni por nada mencionar a mi amigo Óscar, ya que posiblemente ni María tenía por sabido el afer de éste con su tía. Sentí rabia de pronto por él, que creo se me notó por mi semblante o por el silencio que denoté. Por suerte la conversación la desvió a otra parte. Pues ella, tenía el don de saber manejar el coloquio.
- ¿Te gusta la lectura, Joaco?
- Leo, pero solo lo que me apetece. La verdad, que es leído varias obras, y pocas he llegado a concluir.
- Entonces tienes que leer las “novelas del corazón”. Esas son fáciles de terminar, dice riendo con ironía, María.
- ¡Jajaja! Bueno, la poesía del poeta alemán Heinrich Heine y de Mario Benedetti, me las devoro enteritas.
- Desconozco al primero, pero he leído algo del segundo. En todo caso, mi preferido es sin dudarlo, Ernesto Sabato, especialmente su obra “Sobre Héroes y Tumbas”. ¡Es mi preferido!
Estaba divirtiéndome. Ella me relataba las cosas con una labia tan exquisita y pulida, que parecía un libro que hablaba. Pero dejo en claro también, que ello no quitaba el afloramiento de sus sentimientos más puros como arte de magia, ya que cuando me mencionó lo de sus padres, quise de alguna manera atajar las lágrimas que le cayeron de sus ojos. No hice aquello, desde luego, pero la escuchaba con emoción.  

Entre tanto teje y teje de una conversación que parecía abarcar el mundo entero por su divergencia, terminó por contarme ella que vivió dos años en Alemania.
- Para ser más preciso, el año 2004 y 2005 Joaquín, cuando tenía apenas once y doce años de edad. Lo viví con mis padres, quienes gozaban de muy buena situación económica
- ¿Y cómo fue que llegaste a Europa?
- Por motivos de trabajo de mi padre. Ellos fallecieron bastante después, en 2007, costo que significó en parte, bastante privación económica viviendo con mi tía Mercedes. Muy contrastable con los dos años en Deutschland. Allá vivía yo como princesa, con enormes comodidades. Y ahora, Mercedes y yo, nos dedicamos a sobrevivir…
Contenido patrocinado

Al otro lado del olivo Empty Re: Al otro lado del olivo

Volver arriba
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.