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el Jue Mayo 17 2012, 22:51
EDUARDO MENDOZA

"El poder no admite ser compartido"

GUILLERMO BUSUTIL Y RICARDO MARTÍN

Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) es uno de los grandes maestros de la literatura española contemporánea, del que la crítica ha destacado su dominio de la parodia, la calidad de su prosa y su visión de Barcelona. Debutó en la novela en 1975 con La verdad sobre el caso Savolta, a la que le siguieron El misterio de la cripta embrujada, La ciudad de los prodigios, Sin noticias de Gurb y La aventura del tocador de señoras entre otras novelas. Mendoza ha obtenido numerosos galardones como el Premio de la Crítica, el Premio Fundación José Manuel Lara y el Premio Planeta 2010 con la novela Riña de gatos. Madrid 1936.

El tema del poder es un eje fundamental en su obra. En Riñas de gatos. Madrid 1936 está representado por las luchas y conspiraciones de la derecha, Falange y la izquierda en las semanas previas a la guerra civil.

Efectivamente. El poder me obsesiona. Y en especial la característica fundamental del poder: que no admite ser compartido. El poder se convierte siempre en un fin que permite estar por encima de todo. En las fechas que cubre mi novela, bandos, facciones y subfacciones se disputaban ese poder.

La Muerte de Acteón, el cuadro de Tiziano en el que Acteón es perseguido y devorado por sus propios perros, es una buena metáfora de la contienda española. ¿Fue este cuadro el germen de su novela?

El cuadro estaba en el germen y fue, en cierto modo, el detonante de la acción. Es un cuadro que me había llamado la atención cuando lo vi en la National Gallery de Londres, y siempre he vuelto a él con creciente interés. Tiene un dramatismo frío, reflexivo y sombrío, que hace pensar en la guerra civil. El que fuera a parar una copia a una casa de Madrid es un poco raro, pero no imposible.

Ese conflicto de luchas, intrigas y traiciones está personalizado en la figura de José Antonio Primo de Rivera. ¿Qué le atrajo del fundador de Falange?

La figura de José Antonio me intrigó cuando en mi época de estudiante me fui de España y empecé a estudiar la historia reciente con tranquilidad y la perspectiva que da la distancia. Hasta entonces había sido un eslogan, un símbolo del régimen, una abstracción. Leí sus escritos y sus discursos y me sorprendió lo inconsistente de sus teorías. Pura retórica. Llegué a la conclusión de que era un hombre brillante, pero de cortas luces. Luego me enteré de que su papel en el golpe de Estado fue casi nulo. Sólo a posteriori, Franco se apropió o simuló apropiarse de la doctrina de la Falange para dar contenido a lo que era un pucherazo y se sirvió de los falangistas durante la guerra civil para la represión directa y para la propaganda. A esta maniobra los falangistas colaboraron casi sin excepción y sin poner reparos.

Sin embargo, aparece en la novela, también en las crónicas de la Historia, como un seductor de masas.

Leyendo textos sobre él y hablando con gente que lo conoció, parece claro que su única arma era ese poder de seducción. Era un magnifico orador, culto, bien parecido, que atraía a muchos y al que otra gente, contraria a su ideología, consideraba un niño travieso. La Falange era una mezcla de señoritos botarates y pistoleros. A esto se sumaron algunos intelectuales jóvenes, atraídos por lo que parecía una propuesta revolucionaria que tenía algo de romanticismo y de poesía, distinta de la que venía de la izquierda, vestida de alpargatas y oliendo a ajo. Muchos intelectuales cayeron en la trampa del pensamiento falangista, bien porque la distancia les permitió idealizarlo e ignorar la realidad, como sucedió con un importante núcleo de intelectuales catalanes o andaluces. También era un hombre lleno de contradicciones, denostaba la violencia pero al mismo tiempo consentía que se perpetrasen crímenes en su nombre.

Usted transmite la sensación de que en aquellos días se vivía al borde del precipicio, sin que las mismas fuerzas políticas fuesen conscientes de lo que iba a producirse.

Siempre me ha interesado mucho más la Historia antes de saber cómo acaba. Los días que narro en la novela demuestran que todos creían que se podía dar un paso más sin que ese fuese el decisivo. Hasta que mataron a Calvo Sotelo y todo se precipitó. Los sucesos anteriores a esta muerte, el papel que desempeñó Primo de Rivera, son un ejemplo de una frivolidad que se da bastante en la Historia. La frivolidad me ha parecido siempre muy peligrosa, una osadía por la que se paga un precio muy alto.

En medio de ese ambiente de luchas aparece Whitelands. El perito en arte inglés que se convierte en el punto de colisión de todas las fuerzas de ese momento de la historia de España. ¿Era una manera de contar desde fuera, sin posicionamientos, las claves de la guerra?

Whitelands es uno de mis antihéroes, más testigo que actor. En este sentido, me servía para pasear, en tanto que personaje neutral, por todo el abanico de fuerzas. Él ve lo que sucede, el peligro que acecha y, por razones diversas y a menudo equivocadas, acaba implicándose en el conflicto. Es neutral, pero no amoral.

En este personaje y en la manera de contar hay mucho de Baroja.

En la novela hay muchos homenajes ocultos a la Trilogía de Madrid, que me ha acompañado siempre. Me gusta recurrir a Baroja cuando estoy desanimado. Leerlo es una lección de cómo se puede escribir con la máxima sencillez y de la perfecta construcción de la imaginación. Tiene un magnetismo y un sentido crítico especial. También hay un homenaje a Dickens, el escritor con una técnica más variada.

El otro eje de la novela es Velázquez, el misterio de la modelo del cuadro de Venus y la hipótesis de la existencia de otro cuadro en el que se desvela el rostro de la modelo. ¿Este cuadro y el de Las Meninas, son los que mejor representan el enigma que fue Velázquez?

No soy un experto en arte y menos en Velázquez. Hay tanto escrito sobre él que decir cualquier cosa es una temeridad. Pero me gusta, además de su extraordinario dominio de la técnica, su actitud personal y artística. Creo que para él el enigma existe como para nosotros. Su obra es un esfuerzo por penetrar ese enigma, muy patente especialmente en estos dos cuadros, y también es un cansado reconocimiento de su fracaso. Pocas figuras más enternecedoras.

¿Escogió al pintor sevillano porque también él buscó el poder?

No sólo por eso. Pero sí es cierto que la vida de Velázquez giró en torno al poder. Hoy nos sorprende que un artista tan importante anduviera mendigando prebendas de unos cortesanos que no le llegaban a la suela del zapato. Pero no sé si ésa no es la historia de todos nosotros, incluso de los cortesanos. Y en todo caso, no hay duda de que de esta debilidad Velázquez sacó una profunda visión de la vida.

En el desarrollo de la historia aparecen otras pinturas de Velázquez, los bufones de Felipe IV, Menipo y Esopo, que parecen reflejar la psicología y el papel de otros personajes de la novela.

Sí. Hay un paralelismo buscado entre el mundo de Velázquez y el del protagonista principal, al igual que de otros secundarios más castizos. Velázquez es para Whitelands una isla de paz en medio del temporal. Cada vez que acude al Prado, sale más pesimista, pero también reconfortado. También están en la novela los colores, sus paisajes, que vienen a ser el telón de fondo que debe haber en toda buena novela.

La relación enfrentada entre los dos peritos de arte, Whitelans y Garrigaw son un pulso entre la pasión y el rigor pero también apunta al espionaje extranjero de aquella época.

Sí. Me gusta el personaje de Garrigaw, más escéptico, menos apasionado, más oscuro. Insinúo que tal vez actúe por intereses ocultos. No excluyo que sea un agente soviético. De hecho, muchos intelectuales ingleses de la época fueron espías al servicio de la URSS. Entre ellos Anthony Blunt, un eminente experto en pintura. Pero su discurso sobre el papel de la erudición me sigue pareciendo válido.

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