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El señor del tiempo

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Mensaje por izurdesorkunde el Jue Mar 29 2018, 05:56

"Y poco a poco, gradualmente, el anillo fue cambiando. La intrincada base de plata desapareció, dejando solamente la piedra-alma, flotando sin soporte sobre el corazón de Tarod.

Y entonces también la piedra perdió su solidez y pareció confundirse con los zarcillos humeantes que envolvían la figura de Tarod. Punzantes puntos de luz irradiaron de ella al compás de los inexorables latidos y, de pronto, la joya dejó de existir y, en su lugar, palpitando como un corazón monstruoso, apareció una estrella de siete puntas..., el emblema del Caos.

Tarod levantó la cabeza y señaló el cuerpo reluciente de Aeoris, plantado ante él. Cuando habló, su voz era un murmullo cambiante y sibilante que extraía su propia esencia de dimensiones incomprensibles.

—¿Me conoces, Aeoris del Orden?
Los ojos de Aeoris pasaron del oro fundido al fuego blanco, penetrando el aura negra de Tarod.
—Te conozco, Caos. ¡Y te destruiré!
—Si puedes, Señor Blanco. ¡Si puedes!

Aeoris levantó una mano, y un solo rayo cayó en el suelo del cráter a los pies de Tarod, partiendo la roca y fundiéndola en una forma nueva y torturada. El Dios Blanco sonrió

—¿Si puedo? —Su voz era burlona—. Alardeas mucho, criatura del Caos, ¡si presumes de desafiarme! Soy el Señor de la Vida y de la Muerte. Yo y mis hermanos somos los ÚNICOS dueños de las fuerzas que rigen este mundo. —Su tono se hizo más duro—. ¿Te atreves a desafiar al reino de la Vida y de la Muerte, el régimen de los Señores del Tiempo y
el Espacio, de la Tierra y el Aire, del Fuego y el Agua?

Mientras hablaba Aeoris, nombrando los atributos de los siete Dioses Blancos, seiscolumnas iridiscentes se alzaron a su espalda en perfecta simetría. Se volvieron, giraron, despidiendo destellos sus facetas; después se concretaron en seis figuras humanas sorprendentemente bellas, de cabellos blancos y ojos de oro, llevando cada cual una pesada espada, y todos parecían hermanos gemelos de Aeoris. Los Señores del Orden, al unísono, sonrieron compasivamente a su adversario y levantaron las espadas, con suave y amplio movimiento, para reflejar sus propias auras en un solo y deslumbrante centelleo de pura luz.

Tarod levantó la cara al mellado círculo de cielo, y la estrella de siete puntas latió de nuevo en su corazón.

En lo alto, en el negro vacío, nació un punto luminoso de la total oscuridad: un ojo único, blanco y centelleante, en el centro del firmamento.

Y también él empezó a latir con el mismo ritmo primordial, hasta que las dos frías estrellas vibraron con una sola y terrible armonía.

Mucho tiempo atrás, parecía ahora, y muy lejos, en el Salón de Mármol del subterráneo del Castillo de la Península de la Estrella, Tarod había desterrado del mundo a Yandros. Sólo él había tenido entonces poder para frustrar al Caos, y ahora era también el único que lo tenía para revocar aquella decisión y romper la barrera que impedía al Señor de las Tinieblas volver para desafiar a su antiguo enemigo.

Donde eran siete, serán seis... Las palabras de Yandros resonaron de nuevo en la mente de Tarod, que esbozó una antigua, sabia y afectuosa sonrisa. Había pasado el tiempo de las dudas. Se despojó de su humanidad, dejó caer la máscara y reveló lo que había debajo; aceptó la verdad de lo que era. Los Señores del Caos volverían a ser siete y, después de los largos siglos de espera, reivindicarían su lugar en el mundo.
Miró a Aeoris y a las seis resplandecientes figuras que le flanqueaban, y habló suavemente pero con helado orgullo.

—Parece que has olvidado, mi Señor de la Vida y de la Muerte, que tú y cada uno de tus hermanos tenéis uno que os hace sombra en el reino del Caos. —Recorrió lentamente con la mirada las seis figuras que acompañaban a Aeoris—. Me pregunto cuál de esos grandes príncipes se hace llamar Señor del Tiempo. Me gustaría conocer a mi gemelo blanco.
Los ojos de Aeoris centellearon ferozmente.
—Te atreves a burlarte de los dioses que te otorgaron tu miserable vida...
—¡Los dioses del Orden no me otorgaron nada! —le interrumpió Tarod con voz cortante—
—Hay otro Señor de la Vida y de la Muerte, Aeoris; otro que viene ahora a desafiarte. Y es a él a quien debo fidelidad.
Levantó de nuevo la cabeza, mirando a través de la oscuridad la amenazadora y pulsátil estrella blanca, allá en lo alto. Después sonrió y pronunció suavemente una sola palabra. La palabra fue, al mismo tiempo, una aceptación y una llamada, y rompió los hilos de la telaraña que había separado durante siglos a dos mundos.
— Yandros.

Durante un tiempo que ningún observador humano se habría atrevido a calcular, reinó el silencio, el silencio sofocante y opresivo que aflige a los elementos momentos antes de desencadenarse una tormenta. Sonó una risa maléfica en el cráter, que rebotó en las paredes de roca y resonó insidiosamente en la concavidad. El espacio libre al lado de Tarod pareció convertirse, momentáneamente, en un vacío total; él volvió la cabeza... y la lúgubre figura de Yandros se irguió en el lugar donde había estado el vacío

El gran Señor del Caos tomó forma humana. Cabellos de oro, largos y revueltos, caían sobre sus hombros; el color de sus ojos cambiaba una y otra vez, y sus facciones perfectas se endurecían y tomaban un aspecto preternatural bajo la temblorosa e irisada luz de su propia aura.

—Mi hermano del Tiempo. Has aprendido... y vuelves a estar entero.

Una oleada de fraternidad, de alegría, de afecto, de conocimiento compartido, acompañó al mudo pensamiento, y esta vez lo recibió Tarod de buen grado y le invadió una sensación de triunfo. Sonrió con exquisita comprensión.

—Estoy entero, Yandros. Y he vuelto al lugar que me corresponde por derecho.

Yandros miró al rígido e inmóvil Aeoris y se pasó la punta de la lengua por los labios como un animal de rapiña contemplando su presa.
—Y tú... Yo te saludo, viejo amigo —dijo suavemente—. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.
Aeoris frunció fieramente el entrecejo.
—Y pasará mucho más hasta que volvamos a vernos, demonio, porque te enviaré a un lugar del que nunca volverás!
Yandros sonrió.
—Tal vez. Pero si quieres ajustarme las cuentas, Aeoris, tienes que contar también con mis hermanos.—Levantó una mano con tranquilo ademán

—Con el Caos está el Fuego.
Un ruido como de una pesada puerta al cerrarse destruyó el ritmo profundo que seguía latiendo bajo tierra. Otro personaje apareció a la izquierda de Yandros; viva imagen del orgullo, del desdén, de un veneno increíble. Yandros sonrió de nuevo.

—Con el Caos está el Agua.
Esta vez, un silbido como un estertor de moribundo. El cuarto Señor de las Tinieblas surgió delante de la pared más lejana del cráter.
Sus cabellos eran de color de la hierba podrida, y sus ojos, de loco; no hizo ningún movimiento.

—Con el Caos está el Aire.
El suelo de roca se, movió de nuevo. Algo salió de una fisura que momentos antes no existía; un personaje de cabellos blancos y cara de ave de rapiña

—Con el Caos está la Tierra.
Otro ser, sorprendentemente parecido a Yandros; su tranquila y apacible sonrisa no engañó a nadie.

—Con el Caos está el Espacio.
El séptimo... Un ruido sordo, como el redoble de un tambor, apagó todos los otros sonidos durante un instante, y cuando Tarod volvió la cabeza, vio, sobre una cornisa delante de la boca del túnel del cráter, una sombra más negra que cualquier negrura, recortándose sobre la roca.

Yandros juntó las manos, cruzando los dedos, y los contempló.
—La Vida y la Muerte —dijo—. El Fuego y el Agua y el Aire y la Tierra y el Espacio. — Miró oblicuamente a Tarod—. Y el Tiempo.
—Después volvió de nuevo la mirada a su adversario, una mirada llena de veneno—. Desafíanos, viejo amigo... ¡o vete al infierno!

Mientras tomaban forma los Señores del Caos, igualándose a sus colegas y enemigos, Aeoris había permanecido inmóvil, contemplando la roca veteada bajo sus pies. Pero al oír el reto de Yandros, levantó la cabeza y sus ojos brillaron con una fuerza capaz de destruir soles.

—Te compadezco —dijo reflexivamente—. Compadezco tu orgullo y tu arrogancia que te obligan a levantarte contra el poder legítimo del Orden. ¿No aceptarás ahora la supremacía de mi reino y me prestarás acatamiento? Si lo hicieses, podría mostrarme compasivo con esos pobres y desgraciados mortales que se dejaron engañar por tus falsas promesas.
Yandros se echó a reír, y su risa cayó como veneno, fundiendo la roca sobre la que se hallaba.
—El Orden no cambia, el Orden no puede cambiar. Hermanos míos, nuestro antiguo adversario se alza ante nosotros y quiere que entremos en razón. ¿Qué sabe el Caos de la razón?

Las carcajadas sacudieron el cráter; un gran pedazo de piedra se desprendió de lo alto del cono y se hizo añicos contra la espalda de Yandros. Este miró los trozos, y se desintegraron y convirtieron en polvo. Después sonrió a Tarod.
—Es la hora —dijo."

La moraleja de esta historia:

"—¿El equilibrio? —preguntó amablemente Yandros.
—Sí. Tal vez recuerdes que tú mismo lo dijiste. ¿De qué sirve el Orden sin el Caos que desafíe a su gobierno? Y a la inversa, ¿qué nos espera si nada se opone a nuestros caminos? —Miró al cielo vacío. Se habían puesto las dos lunas y la estrella de siete puntas ya no brillaba en lo alto. Sólo había oscuridad—. ¿Nos quedaremos estancados, como se estancaron Aeoris y sus hermanos, tan seguros en nuestro reinado que nos convertiremos en anacronismos como él? El mundo enfermó bajo su régimen y a punto estuvo de morir. No quisiera que nosotros cometiésemos el mismo error."


Extraído de la trilogía de El Señor del tiempo escrita por Louise Cooper.

Un mundo donde el Orden reina sin oposición y que acaba transformándose en una tiranía. Mientras que el caos, irónicamente, da libertad a todo el mundo de hacer lo que quiera.

Los paralelismos los dejo a vuestra sabia inteligencia.
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Mensaje por izurdesorkunde el Jue Mar 29 2018, 14:09



De la película Underworld la "rebelión" de los lincantropos.

Sinopsis de la película: los vampiros tienen esclavizados a los hombres-lobo y Lucian que es un hombre lobo mas evolucionado que el resto decide liberarse y luchar contra los tiranos que son esos vampiros. Y el solo convierte un conato de rebelión en una a gran escala haciendo huir a los vampiros que son puestos como los aristócratas propios del feudalismo.

Todos los "esclavos" llevan un collar que les impide transformarse. Una analogía con el collar que lleva casi todo el mundo, con frecuencia por voluntad propia impidiendo que sus verdaderos talentos, inteligencia...etc despierten.

Imaginad lo que pasaría si todo el mundo se quitara el collar. Si esclavos al estilo de Espartaco con Roma, decidieran liberarse de sus cadenas y atacar a los tiranos que los oprimen... ¿Qué sería de este mundo?

El estribillo viene a decir: "saca el animal que tienes dentro" y "salir de esta pesadilla".

Se puede aplicar a la situación mundial actual, o a múltiples realidades más o menos cercanas. Quizás la mejor manera de enfrentar los conflictos no sea evitarlos o agachar la cabeza sin más. Hace falta a veces agarrar al toro por los cuernos.





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