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antropologia de las fronteras

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antropologia de las fronteras

Mensaje por homo divergenticus el Lun Sep 04 2017, 11:50

http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0187-73722008000200008


esultado de un simposio que reunió a casi una veintena de estudiosos, tenemos ahora entre las manos la recopilación variopinta de trabajos realizados bajo la equilibrada coordinación de Miguel Olmos, y cuyo propio ensayo abre la obra, en la sección de las "Fronteras simbólicas", al lado de otros tres estudiosos dedicados a resaltar la concepción imaginaria más que simbólica de la frontera (de hecho, uno de ellos aduce estar en un "mundo sin fronteras"). Las divergencias de tratamiento y sentido de la misma idea de frontera —y enseguida la derivación de una antropología, etnohistoria o etnología sustentadas en semejante estudio– demuestran que una antropología socio–cultural de este campo de conocimiento aún aguarda a su mayor integración y coherencia programáticas, y que ello puede empezar por el esclarecimiento medianamente razonable de la polisemia a la que está sujeta la sola palabra, no se diga su ontología y epistemología. Ya que el particularismo parece predominar en los demás autores, sus trabajos se agrupan en las subsiguientes secciones "Fronteras e identidad", "Frontera y diversidad cultural", "Frontera, educación y salud", "Historia, región y frontera" y, por último, la "Etnología del noroeste", sección donde las fronteras parecen difuminarse deveras, acaso porque los etnólogos no se muestran interesados en ver de algún modo problemática a la presunta frontera, lo que termina por confirmar que la estructuración de este programa de investigación seguirá un camino más sinuoso de lo que cabría esperar.  Desde luego, es característico de cualquier compilación —y ésta no será la excepción—, que los trabajos reunidos contrasten en calidad, originalidad y aportación. En tal sentido, tenemos que el ensayo de apertura de Olmos, "La antropología de la frontera: ¿tiempo de híbridos?", constituye todo un manifiesto crítico dispuesto contra la moda de los estudios culturales que ha asaltado a la academia, en clara imitación (acomodo sería más exacto decir) de la dominante academia estadounidense, algo de lo que incluso los académicos franceses se han quejado (Bourdieu y Wacquant, 2005:209–230). Con todo, tal valor crítico desmerece un tanto cuando se advierte que varios de los autores compilados no tienen ningún motivo de queja para con el posmodernismo, sino que contemporizan amistosamente con él. Y la verdad es que el malestar de Olmos no tendría mayor razón de ser si realmente todo el campo de estudio de la frontera fuera como si hubiera un tránsito libre, liminar, imaginario, simbólico, metafórico, en fin, como en "un mundo sin fronteras" por el que apuesta Francisco de la Peña. Pero como Rafael Pérez–Taylor sopesa en "Fronteras reales, fronteras imaginarias", ante las fronteras reales las posibilidades de tránsito disminuyen. Así, lo que había sido del sentido común general, o sea el saber que desde el 11–S las dificultades (y riesgos) del movimiento humano se han acrecentado, hoy se confirma que de 100 muertes en promedio anual a mediados de 1990 en la frontera norte, la cuota actual por cruzar 400 mil ilegales es de 400 muertes al año (Jencks, 2007). En suma, no es correcto confundir a los seres humanos de carne y hueso, aun si son tomados como mercancías humanas en movimiento, con las maravillas de la difusión cultural.  Precisamente por no caer en semejante confusión es que destaca la contribución de Olmos, quien no viene a sacudirse de la cultura, sino de su uso banal y hasta de su rapto por la antropología posmoderna estadounidense. No se olvida tampoco de que en la región fronteriza norteña no sólo se juega la identidad individual, sino que se pone en acción la identificación social –o sea una expresión del poder descarnado de los Estados sobre los seres y cosas, y que Vila (2004) había ya comenzado a indagar, lo que trastoca hasta las fronteras étnicas preexistentes por el otro hegemónico, y condiciona por fuerza a las "naciones indígenas binacionales". A este respecto el lector echará en falta la nula referencia del concepto de frontera étnica de F. Barth (1976) y su ulterior reconsideración en el estudio de los migrantes paquistaníes en Noruega. Aunque Eugeni Porras, en su trabajo "Fronteras étnicas y procesos de simbolización", es evidente que se refiere a este concepto, su uso etnológico parece ser menos exigente y por lo tanto abierto a la libre interpretación. Mas a partir de él, ninguno de los trabajos etnológicos que le acompañan vuelve a mencionarlo. Esto, a mi modo de ver, lejos de fortalecer al programa de investigación en ciernes, le resta riqueza analítica y lo acerca demasiado al impresionismo posmoderno.  Una clara tensión entre rumbos opuestos se centra en la distinción entre las fronteras simbólicas y las fronteras reales. Quizá porque la línea de demarcación es inexistente –lo real social conlleva lo simbólico desde el lenguaje, de suyo simbólico—, o porque hace falta una tipología de la frontera que vaya desde lo ontológico hasta lo epistemológico –o si se quiere, desde la realidad social hasta su representación–, el punto es que no se está hablando de lo mismo. Quienes más se acercan a una caracterización de la fábrica social de la realidad fronteriza (en el sentido realista de Searle, 1997 por supuesto,) son los historiadores de las fronteras, y no por casualidad, me temo. Me refiero al ensayo de Lawrence Douglas Taylor, "El concepto histórico de la frontera", donde a pesar de la influencia de la historiografía norteamericana (en especial de F. J. Turner, quien hacia mediados del siglo xix postulaba la frontera como el impulso vital del pueblo americano destinado a la expansión), él va mostrando cómo el concepto varía en el tiempo y la acepción. No se trata entonces de declarar una definición atemporal de frontera, pero sí de contextualizar y dar sentido a la polisemia del uso en boga. Pero no hay que ignorar tampoco que los estudiosos estadounidenses parecen ser especialmente agudos en este campo, aun siendo conservadores o liberales. Sin embargo, ha sido otro antropólogo e historiador, Thomas S. Sheridan (por cierto muy influido por la geografía marxista de David Harvey), quien ha descrito la frontera entre México y Estados Unidos del siguiente modo:      Este límite internacional surge con una energía inimaginable que acorrala las frustraciones y las aspiraciones de Latinoamérica, dejándose caer las barreras de la vigilancia que tratan de contenerlas [..] primero, por una línea imaginaria significando conquista y soberanía nacional, segundo, por una arteria de transporte diseñada para mantener a las dos naciones juntas, al menos económicamente. Estas dos construcciones perpendiculares, ambas proyectadas por el poder estatal, aplastan cualquier rasgo natural del valle [de Nogales] mismo (Sheridad,2006).  Aprovecho la cita para recordar que es precisamente Sheridan quien ha mostrado que la especulación de las tierras comunales de los o'odham dentro de Arizona ha sido tan deletérea como la mostrada por Everardo Garduño en su trabajo "Mujeres yumanas: género, etnicididad y lucha por la tierra", donde el despojo territorial sólo se cifra en los "rancheros y ejidatarios mexicanos". Cabe aquí la pregunta: ¿desde dónde habla Garduño, desde Mexicali o Calexico? Su posición cuenta, pues sin ser el caso de una "etnografía multisituada" —el aquí y el allá conjuntados—, la intención interpretativa de fondo es capital. Lejos de procurarse minorizar a estos grupos, como argumenta Garduño, ocurre que no se puede ignorar que al declive demográfico de las tribus yumanas le sigue el debilitamiento del control territorial de la propiedad. Él mismo informa que 67% de la población indígena de los ejidos y ranchos ya radica fuera de ellos. Por otro lado, la especulación de terrenos agrícolas es un fantasma que también recorre México desde 1991. En medio de eso, parece discordante la defensa de un territorio étnico al que ellos mismos venden.  Otra expresión de una tensión irresuelta en la compilación (pero que de seguro será materia de análisis de un programa de antropología de las fronteras) está en la "aventura" de los tohono o'odham para viajar a Quitovac, descrita por Neyra Alvarado en su breve ensayo "Los avatares de la memoria: pápagos (tohono o'odham) peregrinos hacia Magdalena de Kino, Sonora". Se trata de un grupo de native–american citizens de la reservación Tohono O'odham Nation (que imaginariamente no se asume limitada por una frontera, luego su "territorio étnico" incluye tierras mexicanas) que desde 1998 peregrinan a México en un viaje simbólicamente "peligroso", pero que en realidad está protegido tanto por la policía india de la reservación como por la policía mexicana. Al leerla, uno se convence de que las visiones o percepciones de la frontera difieren para cada uno de los individuos que rebasa (o intenta hacerlo) la línea. La subjetividad de este acto está fuera de toda discusión. Pero lo que está en el fondo práctico del acto es quién lo hace en calidad de illegal alien, esto es, como un extraño trasgresor, antes deshumanizado como si fuera extraterrestre. Por lo que sabemos, bien pronto esa trasgresión a la cultura jurídica estadounidense será castigada con la cárcel y no sólo con campos de internamiento temporales (Jencks, 2007:49–52). En efecto, y como aduce Guillermo Alonso en uno de los mejores ensayos de la compilación ("¿Terrorismo gringo? Antropología de la globalización y la migración clandestina en la frontera México–Estados Unidos"), en las estadísticas de la muerte en la frontera hay también cultura. Cultura práctica y mucho dolor de parte de las y los inmigrantes ilegales que son violadas o mueren, se les persigue y deporta como a delincuentes. Para estos mexicanos (y centroamericanos) no habrá nunca las mieles de la "ciudadanía cultural" —ésas parecen reservadas para las élites indígenas globales, como ya lo están para otras élites bien diferenciadas (Ong, 2004:55–68), y hasta para los inmigrantes de segunda generación, cuyos límites de la ciudadanía social se han estrechado (se recordará que el "camino a la ciudadanía americana" toma más de 10 años, sólo para descubrirse como ciudadano incompleto, según la ubicación de clase, etnia, raza, sexo, edad, etcétera). En suma, cuenta mucho el quién es quién al momento de la "aventura de viajar a Estados Unidos", como la percibe molesta pero no imposible un conocido académico inglés (Ash, 2007:11).  Cuando una misma frontera se ablanda o se endurece, filtra o retiene según la condición de cada cual, da pauta para una elaboración más ambiciosa de la explicación y comprensión antropológicas. El asunto ya había sido percibido a modo de contracciones de inclusión y exclusión, bonanza y depresión, demanda y recesión (Vélez–Ibáñez, 1999:338). Ampliando mucho la lente antropológica, como si de gran angular se tratara, es factible pensar en una concepción interactiva o como punto de encuentro social, que es una cierta visión de la frontera muy extendida en la historiografía reciente (también presente en la parte histórica del libro) y que está presente en la antropología sociocultural desde Barth, al menos: las fronteras étnicas no son límites impermeables sino procesos. Transitar por este camino movedizo puede por una parte admitir a "la frontera como una creación perpetua" (Vélez–Ibáñez, 1999), pero también que "dicha frontera se está 'diluyendo', 'desdibujando', 'desplazando' [hacia el norte, se entiende] o 'convirtiendo en una especie de línea de puntos'" (Huntington, 2004); sólo que unos puntos suspensivos, sin estar pronunciada la última palabra, o como si experimentara una estructuración constante, pueden significar un costo social altísimo.  A estas alturas pareciera que la antropología de las fronteras no puede prescindir de conceptos auxiliares como Estado, nación, soberanía y poder. Hablamos en todo caso de una síntesis, de una confluencia de realidades históricas, símbolos e interacciones socioculturales de vital importancia para mucha gente, para naciones enteras. Esta antropología de las fronteras es apenas el atisbo de un programa de investigación de alcances aún no del todo sospechados y menos aún planteados. Pero es también el necesario punto de arranque del mismo.   escribió:
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Re: antropologia de las fronteras

Mensaje por homo divergenticus el Lun Sep 04 2017, 12:46

https://www.infolibre.es/noticias/politica/2017/08/31/saharauis_detenidos_barajas_69029_1012.html

"Pensaba que España era una democracia, pero tenía una imagen falsa. Aquí no hay derechos ni justicia". Así cuenta Ibrahim Celem Nuru a infoLibre cómo se siente después de llevar nueve días "encerrado" en una sala de la terminal 3 de Barajas. Celem, junto con otras 44 personas saharauis, fue detenido después de que su vuelo procedente de Argelia aterrizara en Madrid. Desde este lunes están en huelga de hambre para denunciar su situación, aunque la protesta la empezaron 54 saharauis, "aunque diez ya se han ido marchando".

"Vinimos de Argelia con un pasaporte de viaje, porque no somos argelinos, somos saharauis. Cuando aterrizamos, las autoridades españolas nos los quitaron y los rompieron", relata. Ahora, sin pasaporte y tras haberles sido denegada la petición de asilo, Celem lamenta que serán devueltos a Argelia donde, asegura, serán "tratados como terroristas". Este jueves serán deportados, junto a Celem, otras siete personas, entre ellas un menor de 17 años. "Todos somos muy jóvenes", explica. "No sé qué va a ser de nosotros cuando lleguemos a Argelia, lo más seguro es que nos metan presos y nos maltraten", cuenta.
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Re: antropologia de las fronteras

Mensaje por homo divergenticus el Mar Sep 05 2017, 13:42

En la postmodernidad, las fronteras también se abstraen, los procesos transfronterizo toman nuevas formas y maneras. En los viajes en avión las fronteras son los aeropuertos, no lugares, en el sentido de Eugé, despersonalizados y deslocalizados. El viajero se encuentra en un laberinto de caminos y controles administrativos y de seguridad, donde la burocracia selectivamente toma plena consistencia.
En un lugar extraño, como un limbo administrativo.
En el caso anterior de los refugiados saharauis, no solo el lugar es impersonal, también despersonaliza a las propias personas. Las personas pasamos a ser documentos de identidad, la identidad, ese fenómeno tan complejo, queda reducido a un documento y un número, sin dicho documento estas fuera del cronotopo institucional y no hay manera de volver a seguir el sentido perdido.

Las fronteras son el filtro de los estados para seleccionar a las personas que entran y salen, para discriminar formalmente entre quienes tienen derechos y quienes no.

Los aeropuertos son lugares excepcionales para investigar la discriminación y exclusión social, hay dos zonas bien diferenciadas, la abierta al público en general y la que está tras los controles de seguridad, donde solo acceden los viajeros acreditados y personal laboral.
En la zona abierta se solapan diversos cronotopos, pero para acceder a la zona de embarque es condición necesaria seguir el cronotopo institucional, sincronizarnos con los procesos que nos llevan al embarque con el resto de pasajeros y personal laboral. Filas, esperas, secuencias de acontecimientos lineales e irreversibles que nos llevarán a nuestro destino común, siempre que cumplamos los requicitos previos convenidos por los estados.

La inmigración regular e irregular se diferencian principalmente en el seguimiento del cronotopo institucional. Es el cronotopo institucional el que otorga regularidad, o mejor, la manera y forma con que hemos adoptado la regularidad.
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