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Aceptarse

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Re: Aceptarse

Mensaje por none el Miér Jul 12 2017, 14:24

Lo de Dabrowski aplicado a la superdotación cada vez se me parece más a los niveles de iluminación

No hay como estudiar gente muerta y mitificada para un estudio fiable.

none

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Re: Aceptarse

Mensaje por SaraB el Sáb Jul 15 2017, 17:08

Albedrío? escribió:
Aceptarse no es como estar embarazada, es decir, que se está o no, pero no hay términos medios.

Vaya, Happy pues desde mi perspectiva sí considero que "aceptarse" es como estar embarazada, o sí o no, no se puede estar a medias. Lo que ocurre es que la quimera de los mass media es un espejismo, donde esa acción ("aceptarse") significa verlo todo positivo y happy. Aceptarse (uf, asco ya del verbo) incluye ser consciente de las partes podridas, defectos o como lo quieras llamar, y no por ello decir "mira qué bien".

Del tuit de origen, no es la primera vez que lo leo. Y es una ironía puntual contra todo ese movimiento de body positive. Que está muy bien y bravo, pero ahí fuera hay muchas personas que si tuvieran dinero para una cirugía estética o una liposucción, correrían como locos a ello porque en realidad odian sus michelines y no les queda otra que soportarlos y luchar contra ese trauma. Conozco varios así, también conozco a otros que su proceso de aceptación es sincero.

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Re: Aceptarse

Mensaje por Albedrio_baja_solicitada el Sáb Jul 15 2017, 19:35

Parto de que la personalidad es rica y variada y las personas somos complejas y ambivalentes. Aceptarse completamente y totalmente es hacerlo siempre y en todo momento y en todos los aspectos de nuestra vida.

O dicho de otro modo, que tampoco hay que avergonzarse de tener los propios fantasmas, obsesiones e incongruencias. Verse a uno mismo libre de ellos me parece poco realista. No sé, si te sale un grano, puede que no estés tan seguro en esa cita a ciegas como sin él.
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Re: Aceptarse

Mensaje por Tetraktys el Dom Jul 30 2017, 12:59

Aceptarse puede llegar a ser muy difícil. Tú puedes aceptarte fácilmente ("yo soy así, yo me acepto"; hecho, a otra cosa) pero tienes que aceptarte constantemente en cada interacción social, en cada pensamiento, en cada relación, para no sabotearte a ti mismo. Digo esto porque partimos del hecho que ser diferente conlleva una búsqueda de la aceptación del otro, del que no es diferente: si yo soy Y y todo el mundo es X, por qué yo no puedo ser X?. Y ya no es solo eso: la capacidad de reconocer que no eres igual te impulsa a salir de ti para satisfacer a los otros.

En mi caso, tiendo a abandonar mi yo para acercarme a los otros y así conseguir su aceptación. Pero cuando lo hago, pienso: estoy cayendo otra vez en las mismas: busco la aprobación, la validación del grupo para no sentirme aislado, y para hacer eso tengo que sacrificar mi aceptación personal. Es decir, tengo que dejar a un lado mi autoestima y mis capacidades para ponerme por debajo de los otros, para que vean que "soy inofensivo". Como un perro con las patas arriba en total subyugación.

Además de eso hay veces que somos demasiado perfeccionistas, y esto nos hace imponernos unos estándares muy altos que, si no cumplimos, nos causan reprobación personal.

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Re: Aceptarse

Mensaje por premiere el Dom Jul 30 2017, 21:39

Solo se puede aceptar lo que se conoce. La aceptación, como método terapéutico, estéril y sin ninguna metodología, contexto ni profundidad es una más de las ideologías que encierran al individuo. La aceptación personal y del otro es una práctica ambigua y con un significado volátil.

Aceptarse es una experiencia inverosímil, puesto que implica el conocimiento de todo lo que nos constituye y que trasciende mucho más allá de nuestro consciente e inconsciente. Asimismo, la aceptación sin foco desconcierta al sujeto, lo desorienta y dificulta enormemente el desarrollo y aprendizaje —inherentes a toda práctica terapéutica— que, además, puede frustrarle más. Por el contrario, aceptar sucesivamente aspectos concretos de la vida es una experiencia sanadora en la medida en la que dichos aspectos pueden aislarse para prescindir de contexto alguno.

Se puede aceptar la existencia del otro, la percepción de sus pensamientos, sentimientos, emociones o conducta. Se puede hacer lo propio con uno mismo y aceptar nuestros sentimientos y miedos, nuestra expresión o cualquier otro elemento perceptible de nuestra existencia.

Se puede seguir avanzando y aprender a ser conscientes de la sutil pero devastadora injerencia que ejerce la existencia de los otros sobre la percepción de nuestra propia personalidad —aparentemente construida con independencia a ellos—, de cómo condiciona nuestra emocionalidad y de cómo desata los miedos más hondos y los mecanismos de defensa que aparecen filtrados o sublimados en nuestra conducta en forma de complejos e inseguridades.

También puede desarrollarse la paciencia y el talento necesario para construir una relación estable entre la inteligencia y la coerción social que impida seguir alimentando nuestro ego a través del éxito, la aprobación y el reconocimiento social para que pueda aceptarse este paradigma. Igualmente puede aceptarse que la personalidad es sustancialmente el origen de todos nuestros problemas y del que emanan todos los juicios y expectativas que producen la irreversible divergencia mental acerca de lo correcto y de las implicaciones que este conflicto tiene en nuestra dificultad para comprender y, en consecuencia, perdonar.

Puede, en primer lugar, entenderse que las formas constituyen —en el mejor de los casos— un narcótico que mantiene al ser humano en un estado de adicción permanente a su autoimagen provocando un irrefrenable deseo de proyectarla para dejar su huella a través de otra forma de ideología. En segundo lugar puede aceptarse que esta autoimagen es una proyección de la opinión de los demás aunque intervenida por innumerables agentes sociales que dificultan la identificación de esta relación. En este contexto, también puede aceptarse que toda conducta humana nace en el intercambio con el último fin de percibir un contraste entre nuestra autoimagen y la de los demás; esto es: para consolidar nuestra personalidad alimentando nuestro ego.

En esta línea, puede entenderse y aceptarse igualmente que el mero pensamiento y la singular facultad de abstracción humana pueden concebirse como una enfermedad que, gracias a la noción de inteligencia, se sublima para aprobarla socialmente pero que, en última instancia, nos impide vivir en el infinitesimal instante en el que existimos, llenando nuestra vida de miedos potencialmente imposibles que, paradójicamente, desarrollan una conducta que los hace posibles. Así, también puede aceptarse que la existencia humana implica inexorablemente su anulación cíclica a través del pensamiento y la separación.

Puede entenderse y aceptarse el fenómeno de la ideología —común a la más singular de las existencias humanas— como un cuerpo de ideas hermético que no permite fisuras y que rige nuestros principios y valores como parte de un rasgo primigenio que nos facilita sentirnos e identificarnos como parte de un grupo y como un elemento base de toda producción cultural.

Sabemos que la ideología opera en el fútbol, la religión o la política porque permite mantener argumentos circulares y posiciones cerradas que no están habitualmente abiertas a ningún razonamiento diferente, pero la ideología opera en el marco del desarrollo de la personalidad y a todos los efectos, a veces con un origen estructural y sistémico producido por las instituciones, como en el caso del matrimonio, y otras con un origen subsidiario y aleatorio, en forma de artefactos y reductos que recaen de manera diferente en cada sujeto. En este punto, esta ideología no se manifiesta únicamente cuando se sigue un patrón, fuerza o movimiento social, sino que funciona también como una reacción encadenada o embebida, por lo que rebelarse contra el sistema, ir contra una moda, quejarse ante un vendedor o romper una relación que se percibe artificial son igualmente modos de ideología que no responden a un estado espontáneo, sino a un condicionamiento ideológico que solo las mentes más sutiles y refinadas pueden apreciar. Parafraseando a Slavoj Žižek: no hay nada natural en el deseo humano.

Al final de este camino siempre habitan las mismas cuestiones acerca de la libertad del sujeto y la realidad de su existencia y que conducen al aislamiento, alejamiento social e incluso a ideaciones suicidas y, en general, al deseo de suprimir su aparentemente insustancial existencia. En este desolador estado, el devenir del sujeto se adentra en un ámbito patológico subordinado al proceso biológico de su cuerpo, que funcionará para contrarrestar el patrón de su mente y restablecer así su organismo.

El sentido de aceptación no es el de tolerar, porque al tolerar se resiste, y al resistir se encadena y acumula lo que se tolera, lo cual conduce a la represión y negación de nuestros sentimientos, con todas sus implicaciones, como los posteriores y violentos o agresivos intentos de liberación.

Aceptar es permitir; dejar que todo lo que acontece en nosotros nos atraviese; que nos alegre o duela hasta que finalice sin retenciones, adicciones ni condicionamientos. Este es un proceso transformador que nos permite alcanzar un estado de catarsis a través del cual podemos redimirnos para comenzar una existencia en la que hayamos aprendido a esperar sin necesitar, que es lo que nos hace indestructibles e irreductibles.

El rastro de todas estas aparentes miserias humanas que deja este camino siempre nos recordará que es posible liberarnos de la ideología que pesa sobre cada uno de nosotros. La transformación que se experimenta cuando se permite el dolor es incomparable a cualquier otra, porque lo que nos duele no es el dolor, sino su experiencia. Al permitirlo, lo experimentamos en un estado más natural, que es muy inferior al experimentado desde la tolerancia, resistencia y juicio. La interiorización profunda de este proceso puede producir incluso placer.

Y a partir de aquí sí se puede edificar correctamente la fantasía en la que cada uno desea vivir, permitiendo vicios, adicciones y caídas, porque ya se dispone de la serenidad y honestidad para aceptar lo que acontece en uno mismo para vivir con dignidad y bienestar hasta la muerte ordinaria mientras, paralelamente y sin pretenderlo, sirve de inspiración para los demás, que no sentirán ningún límite junto a quien sencilla y profundamente permite.
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