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Aceptarse

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Mensaje por none el Miér Jul 12 2017, 14:24

Lo de Dabrowski aplicado a la superdotación cada vez se me parece más a los niveles de iluminación

No hay como estudiar gente muerta y mitificada para un estudio fiable.

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Mensaje por SaraB el Sáb Jul 15 2017, 17:08

Albedrío? escribió:
Aceptarse no es como estar embarazada, es decir, que se está o no, pero no hay términos medios.

Vaya, Happy pues desde mi perspectiva sí considero que "aceptarse" es como estar embarazada, o sí o no, no se puede estar a medias. Lo que ocurre es que la quimera de los mass media es un espejismo, donde esa acción ("aceptarse") significa verlo todo positivo y happy. Aceptarse (uf, asco ya del verbo) incluye ser consciente de las partes podridas, defectos o como lo quieras llamar, y no por ello decir "mira qué bien".

Del tuit de origen, no es la primera vez que lo leo. Y es una ironía puntual contra todo ese movimiento de body positive. Que está muy bien y bravo, pero ahí fuera hay muchas personas que si tuvieran dinero para una cirugía estética o una liposucción, correrían como locos a ello porque en realidad odian sus michelines y no les queda otra que soportarlos y luchar contra ese trauma. Conozco varios así, también conozco a otros que su proceso de aceptación es sincero.

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Mensaje por Albedrio_baja_solicitada el Sáb Jul 15 2017, 19:35

Parto de que la personalidad es rica y variada y las personas somos complejas y ambivalentes. Aceptarse completamente y totalmente es hacerlo siempre y en todo momento y en todos los aspectos de nuestra vida.

O dicho de otro modo, que tampoco hay que avergonzarse de tener los propios fantasmas, obsesiones e incongruencias. Verse a uno mismo libre de ellos me parece poco realista. No sé, si te sale un grano, puede que no estés tan seguro en esa cita a ciegas como sin él.
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Mensaje por Tetraktys el Dom Jul 30 2017, 12:59

Aceptarse puede llegar a ser muy difícil. Tú puedes aceptarte fácilmente ("yo soy así, yo me acepto"; hecho, a otra cosa) pero tienes que aceptarte constantemente en cada interacción social, en cada pensamiento, en cada relación, para no sabotearte a ti mismo. Digo esto porque partimos del hecho que ser diferente conlleva una búsqueda de la aceptación del otro, del que no es diferente: si yo soy Y y todo el mundo es X, por qué yo no puedo ser X?. Y ya no es solo eso: la capacidad de reconocer que no eres igual te impulsa a salir de ti para satisfacer a los otros.

En mi caso, tiendo a abandonar mi yo para acercarme a los otros y así conseguir su aceptación. Pero cuando lo hago, pienso: estoy cayendo otra vez en las mismas: busco la aprobación, la validación del grupo para no sentirme aislado, y para hacer eso tengo que sacrificar mi aceptación personal. Es decir, tengo que dejar a un lado mi autoestima y mis capacidades para ponerme por debajo de los otros, para que vean que "soy inofensivo". Como un perro con las patas arriba en total subyugación.

Además de eso hay veces que somos demasiado perfeccionistas, y esto nos hace imponernos unos estándares muy altos que, si no cumplimos, nos causan reprobación personal.

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Mensaje por premiere el Dom Jul 30 2017, 21:39

Solo se puede aceptar lo que se conoce. La aceptación, como método terapéutico, estéril y sin ninguna metodología, contexto ni profundidad es una más de las ideologías que encierran al individuo. La aceptación personal y del otro es una práctica ambigua y con un significado volátil.

Aceptarse es una experiencia inverosímil, puesto que implica el conocimiento de todo lo que nos constituye y que trasciende mucho más allá de nuestro consciente e inconsciente. Asimismo, la aceptación sin foco desconcierta al sujeto, lo desorienta y dificulta enormemente el desarrollo y aprendizaje —inherentes a toda práctica terapéutica— que, además, puede frustrarle más. Por el contrario, aceptar sucesivamente aspectos concretos de la vida es una experiencia sanadora en la medida en la que dichos aspectos pueden aislarse para prescindir de contexto alguno.

Se puede aceptar la existencia del otro, la percepción de sus pensamientos, sentimientos, emociones o conducta. Se puede hacer lo propio con uno mismo y aceptar nuestros sentimientos y miedos, nuestra expresión o cualquier otro elemento perceptible de nuestra existencia.

Se puede seguir avanzando y aprender a ser conscientes de la sutil pero devastadora injerencia que ejerce la existencia de los otros sobre la percepción de nuestra propia personalidad —aparentemente construida con independencia a ellos—, de cómo condiciona nuestra emocionalidad y de cómo desata los miedos más hondos y los mecanismos de defensa que aparecen filtrados o sublimados en nuestra conducta en forma de complejos e inseguridades.

También puede desarrollarse la paciencia y el talento necesario para construir una relación estable entre la inteligencia y la coerción social que impida seguir alimentando nuestro ego a través del éxito, la aprobación y el reconocimiento social para que pueda aceptarse este paradigma. Igualmente puede aceptarse que la personalidad es sustancialmente el origen de todos nuestros problemas y del que emanan todos los juicios y expectativas que producen la irreversible divergencia mental acerca de lo correcto y de las implicaciones que este conflicto tiene en nuestra dificultad para comprender y, en consecuencia, perdonar.

Puede, en primer lugar, entenderse que las formas constituyen —en el mejor de los casos— un narcótico que mantiene al ser humano en un estado de adicción permanente a su autoimagen provocando un irrefrenable deseo de proyectarla para dejar su huella a través de otra forma de ideología. En segundo lugar puede aceptarse que esta autoimagen es una proyección de la opinión de los demás aunque intervenida por innumerables agentes sociales que dificultan la identificación de esta relación. En este contexto, también puede aceptarse que toda conducta humana nace en el intercambio con el último fin de percibir un contraste entre nuestra autoimagen y la de los demás; esto es: para consolidar nuestra personalidad alimentando nuestro ego.

En esta línea, puede entenderse y aceptarse igualmente que el mero pensamiento y la singular facultad de abstracción humana pueden concebirse como una enfermedad que, gracias a la noción de inteligencia, se sublima para aprobarla socialmente pero que, en última instancia, nos impide vivir en el infinitesimal instante en el que existimos, llenando nuestra vida de miedos potencialmente imposibles que, paradójicamente, desarrollan una conducta que los hace posibles. Así, también puede aceptarse que la existencia humana implica inexorablemente su anulación cíclica a través del pensamiento y la separación.

Puede entenderse y aceptarse el fenómeno de la ideología —común a la más singular de las existencias humanas— como un cuerpo de ideas hermético que no permite fisuras y que rige nuestros principios y valores como parte de un rasgo primigenio que nos facilita sentirnos e identificarnos como parte de un grupo y como un elemento base de toda producción cultural.

Sabemos que la ideología opera en el fútbol, la religión o la política porque permite mantener argumentos circulares y posiciones cerradas que no están habitualmente abiertas a ningún razonamiento diferente, pero la ideología opera en el marco del desarrollo de la personalidad y a todos los efectos, a veces con un origen estructural y sistémico producido por las instituciones, como en el caso del matrimonio, y otras con un origen subsidiario y aleatorio, en forma de artefactos y reductos que recaen de manera diferente en cada sujeto. En este punto, esta ideología no se manifiesta únicamente cuando se sigue un patrón, fuerza o movimiento social, sino que funciona también como una reacción encadenada o embebida, por lo que rebelarse contra el sistema, ir contra una moda, quejarse ante un vendedor o romper una relación que se percibe artificial son igualmente modos de ideología que no responden a un estado espontáneo, sino a un condicionamiento ideológico que solo las mentes más sutiles y refinadas pueden apreciar. Parafraseando a Slavoj Žižek: no hay nada natural en el deseo humano.

Al final de este camino siempre habitan las mismas cuestiones acerca de la libertad del sujeto y la realidad de su existencia y que conducen al aislamiento, alejamiento social e incluso a ideaciones suicidas y, en general, al deseo de suprimir su aparentemente insustancial existencia. En este desolador estado, el devenir del sujeto se adentra en un ámbito patológico subordinado al proceso biológico de su cuerpo, que funcionará para contrarrestar el patrón de su mente y restablecer así su organismo.

El sentido de aceptación no es el de tolerar, porque al tolerar se resiste, y al resistir se encadena y acumula lo que se tolera, lo cual conduce a la represión y negación de nuestros sentimientos, con todas sus implicaciones, como los posteriores y violentos o agresivos intentos de liberación.

Aceptar es permitir; dejar que todo lo que acontece en nosotros nos atraviese; que nos alegre o duela hasta que finalice sin retenciones, adicciones ni condicionamientos. Este es un proceso transformador que nos permite alcanzar un estado de catarsis a través del cual podemos redimirnos para comenzar una existencia en la que hayamos aprendido a esperar sin necesitar, que es lo que nos hace indestructibles e irreductibles.

El rastro de todas estas aparentes miserias humanas que deja este camino siempre nos recordará que es posible liberarnos de la ideología que pesa sobre cada uno de nosotros. La transformación que se experimenta cuando se permite el dolor es incomparable a cualquier otra, porque lo que nos duele no es el dolor, sino su experiencia. Al permitirlo, lo experimentamos en un estado más natural, que es muy inferior al experimentado desde la tolerancia, resistencia y juicio. La interiorización profunda de este proceso puede producir incluso placer.

Y a partir de aquí sí se puede edificar correctamente la fantasía en la que cada uno desea vivir, permitiendo vicios, adicciones y caídas, porque ya se dispone de la serenidad y honestidad para aceptar lo que acontece en uno mismo para vivir con dignidad y bienestar hasta la muerte ordinaria mientras, paralelamente y sin pretenderlo, sirve de inspiración para los demás, que no sentirán ningún límite junto a quien sencilla y profundamente permite.
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Mensaje por a.sanchez el Mar Jun 04 2019, 20:09

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] escribió:Aceptarse puede llegar a ser muy difícil. Tú puedes aceptarte fácilmente ("yo soy así, yo me acepto"; hecho, a otra cosa) pero tienes que aceptarte constantemente en cada interacción social, en cada pensamiento, en cada relación, para no sabotearte a ti mismo. Digo esto porque partimos del hecho que ser diferente conlleva una búsqueda de la aceptación del otro, del que no es diferente: si yo soy Y y todo el mundo es X, por qué yo no puedo ser X?. Y ya no es solo eso: la capacidad de reconocer que no eres igual te impulsa a salir de ti para satisfacer a los otros.

En mi caso, tiendo a abandonar mi yo para acercarme a los otros y así conseguir su aceptación. Pero cuando lo hago, pienso: estoy cayendo otra vez en las mismas: busco la aprobación, la validación del grupo para no sentirme aislado, y para hacer eso tengo que sacrificar mi aceptación personal. Es decir, tengo que dejar a un lado mi autoestima y mis capacidades para ponerme por debajo de los otros, para que vean que "soy inofensivo". Como un perro con las patas arriba en total subyugación.

Además de eso hay veces que somos demasiado perfeccionistas, y esto nos hace imponernos unos estándares muy altos que, si no cumplimos, nos causan reprobación personal.


Yo ya he pasado por eso. Y como ya hablamos una vez, a veces en ese caso lo mejor es ser un poco narcisista y explicar la situación. Sin duda, creo que lo peor es ponerse al nivel de las otras personas, eso solo te aporta malos entendedidos. Tambien esta el caso de la gente que le da pánico preguntar, porque la autoexigencia le ciega y en vez de intentar entender de alguna forma la situación lo que eligen es irse de la conversación, no se que tiene eso de "acto" superdotado.

Yo ya no me pongo al nivel de nadie ni me callo nada (siempre actuando con educación) y es lo que hay. Porque hay gente que juzga y juzga mal, asi por lo menos te juzgan con razón y sin error. Hay mucho listillo/a.

Por otra parte están las bromas y los sarcasmos, muchos se piensan que uno es lento de procesamiento y se ríen solos cuando yo lo he pillado al vuelo y no me ha hecho nada de gracia. Simplemente no me río u opto por seguir la corriente ¿para qué discutir? Es difícil socializar con dicho fin en muchos casos. ¿De que sirve socializar solo para los demás? ¿Se le puede llamar socializar a eso? Porqué además hay gente que se da cuenta... xD
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Mensaje por Willy el Mar Jun 04 2019, 21:55

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] escribió:Solo se puede aceptar lo que se conoce. La aceptación, como método terapéutico, estéril y sin ninguna metodología, contexto ni profundidad es una más de las ideologías que encierran al individuo. La aceptación personal y del otro es una práctica ambigua y con un significado volátil.

Aceptarse es una experiencia inverosímil, puesto que implica el conocimiento de todo lo que nos constituye y que trasciende mucho más allá de nuestro consciente e inconsciente. Asimismo, la aceptación sin foco desconcierta al sujeto, lo desorienta y dificulta enormemente el desarrollo y aprendizaje —inherentes a toda práctica terapéutica— que, además, puede frustrarle más. Por el contrario, aceptar sucesivamente aspectos concretos de la vida es una experiencia sanadora en la medida en la que dichos aspectos pueden aislarse para prescindir de contexto alguno.

Se puede aceptar la existencia del otro, la percepción de sus pensamientos, sentimientos, emociones o conducta. Se puede hacer lo propio con uno mismo y aceptar nuestros sentimientos y miedos, nuestra expresión o cualquier otro elemento perceptible de nuestra existencia.

Se puede seguir avanzando y aprender a ser conscientes de la sutil pero devastadora injerencia que ejerce la existencia de los otros sobre la percepción de nuestra propia personalidad —aparentemente construida con independencia a ellos—, de cómo condiciona nuestra emocionalidad y de cómo desata los miedos más hondos y los mecanismos de defensa que aparecen filtrados o sublimados en nuestra conducta en forma de complejos e inseguridades.

También puede desarrollarse la paciencia y el talento necesario para construir una relación estable entre la inteligencia y la coerción social que impida seguir alimentando nuestro ego a través del éxito, la aprobación y el reconocimiento social para que pueda aceptarse este paradigma. Igualmente puede aceptarse que la personalidad es sustancialmente el origen de todos nuestros problemas y del que emanan todos los juicios y expectativas que producen la irreversible divergencia mental acerca de lo correcto y de las implicaciones que este conflicto tiene en nuestra dificultad para comprender y, en consecuencia, perdonar.

Puede, en primer lugar, entenderse que las formas constituyen —en el mejor de los casos— un narcótico que mantiene al ser humano en un estado de adicción permanente a su autoimagen provocando un irrefrenable deseo de proyectarla para dejar su huella a través de otra forma de ideología. En segundo lugar puede aceptarse que esta autoimagen es una proyección de la opinión de los demás aunque intervenida por innumerables agentes sociales que dificultan la identificación de esta relación. En este contexto, también puede aceptarse que toda conducta humana nace en el intercambio con el último fin de percibir un contraste entre nuestra autoimagen y la de los demás; esto es: para consolidar nuestra personalidad alimentando nuestro ego.

En esta línea, puede entenderse y aceptarse igualmente que el mero pensamiento y la singular facultad de abstracción humana pueden concebirse como una enfermedad que, gracias a la noción de inteligencia, se sublima para aprobarla socialmente pero que, en última instancia, nos impide vivir en el infinitesimal instante en el que existimos, llenando nuestra vida de miedos potencialmente imposibles que, paradójicamente, desarrollan una conducta que los hace posibles. Así, también puede aceptarse que la existencia humana implica inexorablemente su anulación cíclica a través del pensamiento y la separación.

Puede entenderse y aceptarse el fenómeno de la ideología —común a la más singular de las existencias humanas— como un cuerpo de ideas hermético que no permite fisuras y que rige nuestros principios y valores como parte de un rasgo primigenio que nos facilita sentirnos e identificarnos como parte de un grupo y como un elemento base de toda producción cultural.

Sabemos que la ideología opera en el fútbol, la religión o la política porque permite mantener argumentos circulares y posiciones cerradas que no están habitualmente abiertas a ningún razonamiento diferente, pero la ideología opera en el marco del desarrollo de la personalidad y a todos los efectos, a veces con un origen estructural y sistémico producido por las instituciones, como en el caso del matrimonio, y otras con un origen subsidiario y aleatorio, en forma de artefactos y reductos que recaen de manera diferente en cada sujeto. En este punto, esta ideología no se manifiesta únicamente cuando se sigue un patrón, fuerza o movimiento social, sino que funciona también como una reacción encadenada o embebida, por lo que rebelarse contra el sistema, ir contra una moda, quejarse ante un vendedor o romper una relación que se percibe artificial son igualmente modos de ideología que no responden a un estado espontáneo, sino a un condicionamiento ideológico que solo las mentes más sutiles y refinadas pueden apreciar. Parafraseando a Slavoj Žižek: no hay nada natural en el deseo humano.

Al final de este camino siempre habitan las mismas cuestiones acerca de la libertad del sujeto y la realidad de su existencia y que conducen al aislamiento, alejamiento social e incluso a ideaciones suicidas y, en general, al deseo de suprimir su aparentemente insustancial existencia. En este desolador estado, el devenir del sujeto se adentra en un ámbito patológico subordinado al proceso biológico de su cuerpo, que funcionará para contrarrestar el patrón de su mente y restablecer así su organismo.

El sentido de aceptación no es el de tolerar, porque al tolerar se resiste, y al resistir se encadena y acumula lo que se tolera, lo cual conduce a la represión y negación de nuestros sentimientos, con todas sus implicaciones, como los posteriores y violentos o agresivos intentos de liberación.

Aceptar es permitir; dejar que todo lo que acontece en nosotros nos atraviese; que nos alegre o duela hasta que finalice sin retenciones, adicciones ni condicionamientos. Este es un proceso transformador que nos permite alcanzar un estado de catarsis a través del cual podemos redimirnos para comenzar una existencia en la que hayamos aprendido a esperar sin necesitar, que es lo que nos hace indestructibles e irreductibles.

El rastro de todas estas aparentes miserias humanas que deja este camino siempre nos recordará que es posible liberarnos de la ideología que pesa sobre cada uno de nosotros. La transformación que se experimenta cuando se permite el dolor es incomparable a cualquier otra, porque lo que nos duele no es el dolor, sino su experiencia. Al permitirlo, lo experimentamos en un estado más natural, que es muy inferior al experimentado desde la tolerancia, resistencia y juicio. La interiorización profunda de este proceso puede producir incluso placer.

Y a partir de aquí sí se puede edificar correctamente la fantasía en la que cada uno desea vivir, permitiendo vicios, adicciones y caídas, porque ya se dispone de la serenidad y honestidad para aceptar lo que acontece en uno mismo para vivir con dignidad y bienestar hasta la muerte ordinaria mientras, paralelamente y sin pretenderlo, sirve de inspiración para los demás, que no sentirán ningún límite junto a quien sencilla y profundamente permite.

Gran aporte de premiere, as usual. Gracias!

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] escribió:
En esta línea, puede entenderse y aceptarse igualmente que el mero pensamiento y la singular facultad de abstracción humana pueden concebirse como una enfermedad que, gracias a la noción de inteligencia, se sublima para aprobarla socialmente pero que, en última instancia, nos impide vivir en el infinitesimal instante en el que existimos, llenando nuestra vida de miedos potencialmente imposibles que, paradójicamente, desarrollan una conducta que los hace posibles. Así, también puede aceptarse que la existencia humana implica inexorablemente su anulación cíclica a través del pensamiento y la separación.

Usar la palabra "enfermedad" parece querer implicar que existe/se requiere una curación, pero si la causa es "el mero pensamiento y la singular facultad de abstracción humana", entonces creo que toca elevar una queja al fabricante (cuántos años de garantía daba? Crazy ).
Que tiene desventajas, lo acepto, pero hombre, tanto como enfermedad... Es como decir que tener pies es una enfermedad; son feos, y más si son peludos, pero joé, te llevan a los sitios.

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] escribió:Aceptar es permitir

Amar es dejar ser, dijo un sabio en este mismo foro.

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Mensaje por a.sanchez el Mar Jun 04 2019, 22:15

Aceptar NO es rebajarse al nivel de otro ni juzgar una conversación superflua. Para juzgar hay que tener una conversación profunda o al menos dirigir la conversación hacia allí, sino el juicio puede ser erróneo.

¿Cómo se juzga una conversación banal sin información y sin preguntar? ¿Es justo eso? ¿Que concepto de justicia tiene la persona que lo hace? ¿Como son los juicios en la aceptación? ¿Los hay o no? Y en tal caso... ¿que tipo de aceptación es esa? ¿Qué papel juega aqui la sinceridad?

Lo más fácil se puede hacer complicado...
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Mensaje por Marivi el Mar Jun 04 2019, 22:18

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] escribió: transformación que se experimenta cuando se permite el dolor es incomparable a cualquier otra, porque lo que nos duele no es el dolor, sino su experiencia. Al permitirlo, lo experimentamos en un estado más natural, que es muy inferior al experimentado desde la tolerancia, resistencia y juicio. La interiorización profunda de este proceso puede producir incluso placer. 

Podrías explayar esto un poco mas? Relacionado con el dolor crónico físico, si es posible.
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Mensaje por premiere el Vie Jun 07 2019, 11:59

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] escribió:En esta línea, puede entenderse y aceptarse igualmente que el mero pensamiento y la singular facultad de abstracción humana pueden concebirse como una enfermedad que, gracias a la noción de inteligencia, se sublima para aprobarla socialmente pero que, en última instancia, nos impide vivir en el infinitesimal instante en el que existimos, llenando nuestra vida de miedos potencialmente imposibles que, paradójicamente, desarrollan una conducta que los hace posibles. Así, también puede aceptarse que la existencia humana implica inexorablemente su anulación cíclica a través del pensamiento y la separación.
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] escribió:Usar la palabra "enfermedad" parece querer implicar que existe/se requiere una curación, pero si la causa es "el mero pensamiento y la singular facultad de abstracción humana", entonces creo que toca elevar una queja al fabricante (cuántos años de garantía daba? Crazy ).
Que tiene desventajas, lo acepto, pero hombre, tanto como enfermedad... Es como decir que tener pies es una enfermedad; son feos, y más si son peludos, pero joé, te llevan a los sitios.

Referir el pensamiento como una enfermedad no parece la mejor forma de describirlo, máxime viviendo en un mundo eminentemente intelectual que, paradójicamente, soterra una dimensión de poder y sexo.

No obstante, en el contexto de mi comentario —desde un punto de vista pedagógico— es terapéutico tomar conciencia de cómo el pensamiento nos aleja de la naturaleza y de sus causas y, en un sentido metafísico, nos separa del presente; algo que, dicho sea de paso, ha sido, es y será explotado, por ejemplo, por una de las extracciones ideológicas del budismo: el Mindfulness, pues dicho alejamiento y separación es, de facto, inherente a la abstracción.

En un entorno controlado, pensar y abstraer son procesos que se positivizan como una virtud en una sociedad que los premia, pero bajo un entorno inestable o patológico, aceptarse incluyendo la generalidad del pensamiento cobra un sentido negativo, ya que aleja al paciente o a la persona del presente, que es donde suelen esperar las soluciones.

Rusty lo describe con una brillante y desoladora serenidad en una escena que ya es historia:



[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] escribió:Aceptar es permitir
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] escribió:Amar es dejar ser, dijo un sabio en este mismo foro.

Es exactamente lo mismo, aunque enfocado desde la particular óptica del amor.

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] escribió:La transformación que se experimenta cuando se permite el dolor es incomparable a cualquier otra, porque lo que nos duele no es el dolor, sino su experiencia. Al permitirlo, lo experimentamos en un estado más natural, que es muy inferior al experimentado desde la tolerancia, resistencia y juicio. La interiorización profunda de este proceso puede producir incluso placer. 
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] escribió:Podrías explayar esto un poco mas? Relacionado con el dolor crónico físico, si es posible.

Trato de evitar los ejemplos en mis comentarios para dotarlos de una mayor generalidad, pero haré una excepción recurriendo a cómo un dolor intenso enmascara a otro más leve. Aunque esta situación responde a un mecanismo de defensa y de supervivencia, lo relevante es comprobar que lo que se elimina es la experiencia del dolor más leve, pues su síntoma continúa operando en el cuerpo y, de forma general, produciendo los mismos efectos.

Lo único que experimentamos en la vida es el contraste, y el dolor no es una excepción. En la experiencia del dolor se podrían integrar la percepción y sensación de dolor, su interpretación y su reacción. En esta experiencia, el dolor es un proceso cíclico y retroalimentado en muchos sentidos y direcciones y que trasciende incluso a una dimensión cultural.

En este proceso, todas las partes, fases y sistemas que no están relacionadas directamente con el problema que se trata de subsanar (la herida, el golpe o el trauma) sirven como catalizadores y propagadores, los cuales cumplen una función esencial en la reparación y en el equilibrio del cuerpo, pero que, en virtud de la enorme complejidad del cerebro y de la presión evolutiva con base en la que ha evolucionado, se crea una dimensión del dolor que, en muchos sentidos, lo acumula, contiene y dispersa a otras áreas y sistemas que son los que, en suma, crean la experiencia final del dolor.

Cuando un dolor es crónico pero no crítico, el propio organismo humano termina integrándolo de forma automática y autónoma y mediante un proceso análogo a como ocurre con el citado: cuando uno enmascara a otro de forma puntual. La única diferencia radica en el tiempo de exposición y, por tanto, en el desgaste, velocidad e intensidad de los sistemas involucrados en la subsanación y restablecimiento del equilibrio.

En el caso de los dolores crónicos físicos, la situación es exactamente la misma, dado que la cronicidad no es tanto la permanencia del problema, sino el producto de cómo se involucra a los sistemas que lo reparan a lo largo del tiempo.

Esta situación se ilustra perfectamente con la experiencia auditiva. Dejando al margen las explicaciones físicas del sonido, una persona escucha un sonido por el contraste que experimenta respecto a la experiencia auditiva inmediatamente anterior a dicho sonido. Si el sonido se percibe de forma prolongada, el cerebro tenderá a omitirlo y la persona comenzará a perder esa experiencia, a pesar de que el sonido continuará excitando su oído exactamente del mismo modo.

Lo relevante es advertir que el regulador no es únicamente el sonido, como onda o fenómeno físico, sino su experiencia en su totalidad, llegando a situaciones casi inverosímiles en las que un potente ruido blanco de fondo llega a integrarse en la experiencia cotidiana pasando desapercibido.

En una segunda lectura más sutil, la integración de un sonido por su emisión prolongada es, de forma análoga e incluso similar al dolor, un mecanismo evolutivo que nos ayuda a procesar la información relevante, importante o urgente, pero que a largo plazo puede ser muy perjudicial por los daños derivados de una exposición prolongada a un ruido intenso o constante.

Los diferentes matices en las experiencias de un mismo dolor se pueden trasferir a las diferentes experiencias auditivas en función de un mismo sonido.

Así, un tono senoidal (una señal seno o coseno) a una determinada frecuencia se percibirá inicialmente como un pitido, pero se tardará muy poco tiempo en integrarlo y omitirlo en la experiencia auditiva, porque las características de un tono senoidal excitan de forma homogénea al cerebro y al cuerpo, el cual genera una respuesta constante. No obstante, bastará detenerlo para percibir su ausencia e iniciarlo para volver a percibir su presencia. De forma análoga, los dolores físicos y mentales que afectan análogamente al cuerpo (de forma homogénea y con respuestas constantes) terminan integrándose y omitiéndose en la experiencia.

Cuando el sonido tiene una naturaleza más variable o una mayor complejidad o componente espectral, fuerza el inicio de más procesos y adaptaciones en el cuerpo que, en consecuencia, responde de forma más variable, que es lo que, en última instancia, conserva mejor el sonido en la experiencia auditiva, como así ocurre con, por ejemplo, la música. Y así ocurre igualmente de forma análoga con los dolores físicos y mentales que tienen esa naturaleza variable y esa complejidad.

Como es natural, la respuesta ante un dolor físico no puede compararse a la respuesta ante un sonido, aunque solo sea porque el sonido, por lo general, no satura ni rompe ningún funcionamiento. Lo que aquí se compara es el sentido regulador a través del cual el sistema humano reacciona a los estímulos o síntomas y cómo estos trascienden a la experiencia.

Cuando el origen del dolor es eminentemente psíquico o mental, existe una particularidad que obedece igualmente a la presión evolutiva que ha desencadenado la evolución del córtex racional, el cual es capaz de tolerar, procesar y canalizar los problemas drásticamente mejor y con una versatilidad de un orden superior en relación a los dolores físicos, que involucran eminentemente al sistema nervioso central y periférico, los cuales desencadenan respuestas concretas dentro de una gama de funcionamiento muy específica e independiente.

Esto provoca que los dolores o problemas psíquicos o mentales sean amortiguados en el córtex como parte de la sublimación de la fuerza evolutiva que ocurre en las sociedades modernas y que, según el caso, provoca respuestas mucho más laxas o transmutadas en problemas de otra índole, como represión, depresión, agresividad o ansiedad, por citar las más comunes. La falta de una urgencia evolutiva permea este tipo de problemas gracias a una adaptación sociocultural ad hoc cuyas virtudes podrían ampliamente discutirse o ponerse en entredicho.
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Mensaje por Marivi el Sáb Jun 08 2019, 23:24

Gracias premiere. Me pregunto todavía cómo es que la interiorización de este proceso puede producir placer.
Como ya he comentado sufro dolores crónicos en casi todo el cuerpo y actualmente me incapacitan. Tienen causa física aunque obviamente hay una parte emocional del dolor que es la que percibo como sufrimiento. Si existiera una forma de que ese dolor pueda interiorizarlo de manera que provocara placer (o no lo sintiera del todo) sería estupendo, puesto que podría tener una vida activa a pesar del dolor.
Y de ahí mi curiosidad sobre este punto particular. Si es posible que esa expresión del dolor sea modificada de alguna forma para no sentirla o incluso provoque placer sería algo que definitivamente quisiera conseguir. Y entiendo que eliminaría el sufrimiento que le acompaña.
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Mensaje por premiere el Lun Jun 10 2019, 13:28

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] escribió:Gracias premiere. Me pregunto todavía cómo es que la interiorización de este proceso puede producir placer.
Como ya he comentado sufro dolores crónicos en casi todo el cuerpo y actualmente me incapacitan. Tienen causa física aunque obviamente hay una parte emocional del dolor que es la que percibo como sufrimiento. Si existiera una forma de que ese dolor pueda interiorizarlo de manera que provocara placer (o no lo sintiera del todo) sería estupendo, puesto que podría tener una vida activa a pesar del dolor.
Y de ahí mi curiosidad sobre este punto particular. Si es posible que esa expresión del dolor sea modificada de alguna forma para no sentirla o incluso provoque placer sería algo que definitivamente quisiera conseguir. Y entiendo que eliminaría el sufrimiento que le acompaña.

Referí la experiencia placentera —o, más específicamente: estimulante— del dolor como algo que incluso puede llegarse a sentir para intentar darle un matiz excepcional dentro de un marco de situaciones.

En la experiencia del dolor que intenté describir antes, el dolor físico se integra con los procesos mentales que lo controlan y cuyas respuestas aparecen moduladas en función de multitud de parámetros. Así, cuando el dolor físico forma parte de una situación muy definida, contextualizada y dentro de un marco sociocultural específico, las respuestas se pueden modulan para disminuir la urgencia evolutiva en la respuesta que, en última instancia, reducen y, en determinados casos, invierten la experiencia del dolor. Esta es una situación que ocurre, por ejemplo, en el sadomasoquismo o en una pelea amistosa entre dos hombres.

El mecanismo antagónico al descrito es la hipocondría, que es una respuesta mental que se desencadena cuando esta modulación es catalizadora, positiva o alimentadora (según el caso). La hipocondría es eminentemente un trastorno mental que habitualmente traslada esta modulación al sistema nervioso amplificando el problema.

En el caso de los dolores físicos crónicos ocurre exactamente lo mismo, con la salvedad de que la propia cronicidad condiciona e incluso genera sistemas estereotipados de respuesta que fijan o consolidan la respuesta en virtud de un síntoma prolongado de dolor que ha ido estabilizando esos sistemas, teniendo siempre en cuenta que existe una enorme gama de problemas y dolores físicos crónicos.

Asimismo, un dolor constante y prolongado, de la misma forma que un sonido constante y prolongado, trata de integrarse en la experiencia del dolor para que el sistema humano pueda absorberlo y normalizarlo reestructurando el organismo en aras de recuperar su mejor equilibrio, para lo cual también involucra de lleno al ámbito psicológico y emocional.

Dicho esto, para reducir la experiencia del dolor es necesario involucrar al organismo en una dinámica opuesta a la hipocondría.

De forma general, refiero estas situaciones como bajar a las causas naturales renunciando a la ideología, al posicionamiento, a la autoafirmación o incluso a la propia personalidad. En el caso del dolor, la dinámica es más específica, aunque más complicada: enfocando la mente en el dolor, explorándolo mentalmente, posicionándolo y permitiéndolo. Hay algunas técnicas de meditación o exploración que ayudan en esta tarea.

El objetivo, lejos de cualquier doctrina espiritual, divina, religiosa o mística, es evitar que la mente conjeture e imagine para fabricar una experiencia de dolor obligando a que solo trascienda el mero dolor. De esta forma se minimizan o evitan las respuestas que no involucran a sistemas que no subsanan o tratan el problema que origina el dolor crónico físico y, en consecuencia, duele menos.
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Mensaje por Marivi el Lun Jun 10 2019, 14:11

Vale, creo que te entendí. No es tratar de olvidarse o ignorar el dolor sino evitar todo lo que rodea al dolor (aceptar la incapacidad funcional y evitar autoafirmarse en las emociones que conlleva culturalmente como impotencia, tristeza o duelo, rabia, etc.) que lo convierte en sufrimiento.
Seguirás teniendo dolor pero no sufrirás por él. Convencerte de alguna forma de que el dolor no es algo negativo en sí mismo. Sólo es dolor.
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Mensaje por a.sanchez el Lun Jun 10 2019, 14:30

Yo no lo entiendo. Cuando tienes un pensamiento veloz las emociones se convierten en una abalancha de nieve que quema. Yo estoy harta, a veces me duele todo el cuerpo y es por la tensión que cojo en determinadas situaciones. Tengo mucho autocontrol, pero cuando algo es injusto la tensión se hace incontrolable y me deja hecha caldo, hasta el punto de dolerme absolutamente todo. Es una desgracia la capacidad intelectual, con todas las letras, DESGRACIA en este mundo básico para todo e incoherente. Esa es la ley de vida, la incoherencia.
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Mensaje por Marivi el Lun Jun 10 2019, 14:51

Bueno, yo no soy SD y el caso que yo comentaba es un dolor basado en lesiones provocadas por una patología degenerativa donde el origen del dolor es físico y las emociones negativas se agregan a ese dolor físico. 

Por lo que dices tu caso es al revés, las emociones negativas te inundan, intentar controlar o reprimirlas te tensiona, lo que te produce contracturas, lo que te produce dolor (fisiología de las emociones).
En tu caso entiendo que explorar el dolor físico no tendría sentido. Tendría mas sentido que entiendas qué causa que ciertas situaciones te tensen tanto, entender el porqué de tus emociones (por qué la injusticia te afecta tanto mas allá del mero hecho "injusto").
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Mensaje por J.Josef el Lun Jun 10 2019, 22:54

He leido bastante más arriba que alguien comparaba el aceptarse con estar embarazada. Me ha hecho mucha gracia, porque me da la impresión de que a menudo, siguiendo con la metáfora, hay muchos más embarazos psicologicos que reales. Así que nada, a ver cómo son los retoños jaja.

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