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Materialismo filosófico (Gustavo Bueno)

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Materialismo filosófico (Gustavo Bueno) Empty Materialismo filosófico (Gustavo Bueno)

Mensaje por Osler el Mar Mar 28 2017, 09:10

Estoy escribiendo una monografía sobre un libro y me he topado con una serie de artículos de Gustavo Bueno que dan el contexto perfecto a la época en la que transcurre la trama de la novela. El problema es que no estoy muy familiarizado con el materialismo filosófico que propugnaba Bueno, y aunque lo he empezado a estudiar, estoy un poco verde en la materia.

¿Alguien en el foro con alguna que otra noción acerca de esta filosofía que quiera/pueda hablar del tema?

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Mensaje por Albedrio_baja_solicitada el Mar Mar 28 2017, 17:35

Yo no conozco la filosofía de ese señor (habrá que buscar algo), pero si tuviera que decantarme por una corriente filosófica, sería sin duda por el materialismo.
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Mensaje por José Luis el Mar Mar 28 2017, 19:08

Te puedes entretener un poco en la densa revista El Catoblepas

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Mensaje por Albedrio_baja_solicitada el Mar Mar 28 2017, 20:48

tiene buena pinta
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Mensaje por José Luis el Miér Mar 29 2017, 09:47

Sí, la tiene. He leído muchos artículos tiempo ha y algunos son de una calidad indiscutible. Y, como te digo, denso de narices jaja
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Mensaje por Osler el Jue Mar 30 2017, 21:02

Bueno, en vista de que hay varios interesados vamos a exponer brevemente el primer punto que me ha llamado la atención de este autor. Fallecido recientemente (Agosto de 2016) este filósofo riojano de nacimiento y asturiano de adopción, desarrolló a lo largo de su carrera el denominado materialismo filosófico.
En [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] tenéis textos esenciales y bien organizados para comprender su pensamiento, además de vídeos donde el propio Bueno explica de viva voz muchos de sus conceptos.

Quizás sería recomendable empezar discutiendo sobre el denominado "Espacio antropológico". Adjunto de la página web antes citada los aspectos más relevantes para explicar ese espacio. Quizás podríamos dar ejemplos.





ESPACIO ANTROPOLÓGICO

Los campos antropológicos y el material antropológico no son esferas sustantivas: hay que contar con un contexto en el cual existe el propio material. Hemos introducido el concepto de «espacio antropológico» como concepto gnoseológico vinculado, en cuanto contexto envolvente, a un campo o a un material antropológico. La idea de un espacio antropológico presupone la tesis de que el hombre sólo existe en el contexto de otras entidades no antropológicas, la tesis según la cual el hombre no es un absoluto, no está aislado del mundo, sino que está «rodeado», envuelto, por otras realidades no antropológicas (plantas, animales, piedras, astros). Se trata de determinar cuáles puedan ser los ejes necesarios y suficientes coordinantes de este espacio. A partir de ellos, todos los «materiales antropológicos» habrían de poder situarse. El espacio antropológico del idealismo hegeliano (pero también el del materialismo histórico y el del materialismo cultural) es un espacio bidimensional, con dos ejes: el «Hombre» y la «Naturaleza». La tradición metafísica aristotélica –y cristiana– había utilizado un espacio tridimensional (las relaciones del hombre para consigo mismo, las relaciones del hombre con la naturaleza y las relaciones del hombre para con Dios o los dioses). Del hecho de adoptar (contra esta tradición) una perspectiva materialista (que niega a los dioses como entidades inmateriales) ¿cabe inferir que es preciso reducir el espacio tridimensional a un espacio plano? No necesariamente: sólo será preciso cambiar los términos del tercer contexto. No serán los dioses quienes lo constituyan.

Nuestro espacio antropológico estará coordenado por estos tres ejes:

· el eje circular,
· el eje radial y
· el eje angular.

Eje circular del espacio antropológico

El hombre una vez constituido se relaciona, en primer lugar, consigo mismo. Cuando, de entrada, sobreentendemos «hombre» como una denotación de realidades múltiples y heterogéneas (los individuos egipcios o los celtas, las instituciones chinas o las escitas), entonces la «relación hombre consigo mismo» no nos remite a una reflexividad pura, sino a un contexto de relaciones peculiares, a un orden de relaciones relativamente autónomo cuanto a las figuras que en él puedan dibujarse, que supondremos agrupadas alrededor de un primer eje antropológico. La autonomía de este orden de relaciones tiene carácter esencial (estructural, formal), no existencial: ningún orden de relaciones puede existir en este eje, aislado de los demás. ¿Cómo designar a éste primer orden de relaciones? ¿Por qué llamar relaciones humanas a estas relaciones? ¿Acaso no son, también humanas las relaciones que reconocemos en otros órdenes? Ni siquiera cabe denominarlas «relaciones entre los hombres»: esto supone el peligro de reducir este eje a la condición de concepto sociológico o psicológico subjetivo (también deben figurar las relaciones de índole política, jurídica, económica, &c.). Para neutralizar la reducción de este concepto recurriremos a un artificio: tomar la denominación de un diagrama en el que los términos de la relación (los hombres) se representen por los puntos de una circunferencia y sus relaciones por los arcos de la circunferencia que unen tales puntos. Así, denominaremos a este orden de relaciones por medio de la expresión «orden de las relaciones circulares».

Eje radial del espacio antropológico

Las relaciones circulares no son las únicas constitutivas del espacio antropológico: éste no es el espacio unidimensional del idealismo absoluto de Fichte. Las realidades antropológicas dicen también relaciones constitutivas a otros términos no antropológicos, tales como los entes de la llamada «naturaleza» (la tierra, el agua, el aire y el fuego), consideradas como entes físicos o biológicos, es decir, como entes desprovistos de todo género de inteligencia. Si representamos a estos entes (N1, N2…Nk) por los puntos de otro círculo interior (o exterior) al que acabamos de asociar al primer contexto, las relaciones antropológicas que ahora estamos designando se representarán por medio de flechas que ligan los puntos de ambas circunferencias: les llamaremos, por esto, relaciones radiales. El concepto de «relaciones radiales» no designa meramente a esas relaciones «del hombre con la naturaleza», puesto que pretende romper esas relaciones en su estructura dialéctica, insertándolas en otros contextos pertinentes (φ, π)

Eje angular del espacio antropológico

Los hombres se relacionan de un modo específico (= irreductible al orden de las relaciones circulares y al de las radiales) con otras entidades que no son hombres, pero que tampoco son cosas naturales, en el sentido anteriormente mencionado. Entes ante los cuales los hombres se comportan según relaciones de temor o de amistad, y según un comportamiento no imaginario (puramente fenomenológico), sino real, ontológicamente fundado (lo que no excluye la posibilidad del error, la posibilidad de interpretar las cosas o los otros hombres como si fueran eventualmente entes de éste tercer tipo). Estos entes no serán divinos, pero sí podrán ser numinosos. Es preciso reconocer que los númenes existen como términos de relaciones específicas antropológicas, y que pueden ser identificados con los animales, al menos con ciertos animales teriomorfos. Si representamos a estos términos numinosos por puntos intercalados entre los dos círculos que antes hemos introducido, las relaciones de este nuevo orden adoptarían una disposición angular]

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Mensaje por Osler el Dom Mayo 07 2017, 11:45

Siguiendo con este tema me gustaría compartir un texto que he leído esta noche y que quizás anime a más gente a participar en el foro. Es cierto que el materialismo dialéctico tiene una terminología que puede intimidar, y que complica la labor de desentrañar los textos. Esta labor hermenéutica no tiene sentido si no se cuenta con un glosario al lado.

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La filosofía materialista de Severo Ochoa


Severo Ochoa actuó siempre, no solo como científico, sino también como ciudadano, desde los supuestos de una filosofía materialista «de corte mecanicista»: la filosofía de la tradición atomista de Lucrecio (no existe Dios, ni los dioses providentes, el alma humana es una parte del cuerpo que desaparece con la muerte, &c.) a la que se acogieron tantos hombres «mundanos» (Clarín los personificó en el don Alvaro Mesia de La Regenta) como científicos del pasado siglo y del presente, desde Cajal a Negrín, desde Simarro a Rodríguez Delgado (el materialismo de Faustino Cordón es de otro orden y, a nuestro juicio, más profundo, más dialéctico y no menos riguroso). El materialismo mecanicista constituye, sin duda, un excelente «sombreado filosófico» del ejercicio de la Bioquímica –Monod puede servir de ejemplo– y Ochoa fue, ante todo, un bioquímico. No digo que la Bioquímica, como ciencia y como técnica, no pueda ser disociada del materialismo (el propio Ochoa concedía a veces que la creencia en Dios no se opone necesariamente a la investigación en biología molecular); digo que no es independiente de él, al menos desde el contexto de alternativas posibles. En todo caso, la actividad científica de Ochoa estuvo envuelta siempre por esa filosofía materialista y su hallazgo de la encima que le permitió la síntesis del ARN, en 1955 –muy poco después de los descubrimientos de Watson y Crick– fue sólo un episodio de una metodología bioquímica más general, profundamente atomística, de la que Ochoa fue uno de los principales creadores (el propio Kornberg, que compartió con Ochoa el Nobel, por su síntesis del ADN, se había educado en la metodología de Ochoa). Asimismo, la actividad política o ciudadana de Ochoa se inspiró en esa misma filosofía; en este punto muy próxima a la de Ia Asociación Española para el Progreso de las Ciencias («primera época, línea liberal republicana»): Ochoa entendió sus investigaciones como instrumentos principales para el progreso social y democrático; su patriotismo, como español al estilo de Cajal, le movió a impulsar el cultivo de las ciencias positivas como medios los más adecuados, y aún únicos, para conseguir la regeneración y progreso de España y del mundo. En su misma ética personal se mantuvo siempre en el ámbito de la filosofía materialista, no solamente ante la vida en general («la vida es química») sino también ante la muerte de los demás («no volveré a verla jamás», a propósito de su esposa) y ante su propia muerte (fue Ochoa mismo quien se preocupó de que las ceremonias funerales de su entierro se mantuvieran por completo al margen de cualquier ritual católico o religioso).

Tiene por esto el mayor interés –como test que permite sondear el estado de «nuestro patio» en la época de la democracia coronada que disfrutamos– el análisis de las reacciones que la muerte de Severo Ochoa ha suscitado. No dispongo de espacio suficiente y debo limitar a considerar las reacciones que cabe atribuir a las tres «comunidades profesionales» por otra parte más caracterizadas al efecto, a saber, la «comunidad científica», la «comunidad periodística» y esa «comunidad política» que solemos designar como «clase política» (acaso porque resulta aún demasiado fuerte llamar comunidad a la que forman quienes profesionalmente mantienen relaciones formalmente polémicas –partidos de oposición y partidos gubernamentales– como si las relaciones polémicas no fueran también la regla de las comunidades científicas, y de las comunidades periodísticas, por no hablar de las «comunidades autonómicas» y de las «comunidades de vecinos»). Ocurre que el término comunidad arrastra una carga ideológica muy precisa pero también una certera evidencia: que las comunidades o clases, por encima de sus relaciones polémicas internas, son grupos que buscan sostener su estatus, como tal, por encima de todo y, por tanto, se mantienen dentro de unas normas estrictísimas no escritas y muchas veces inadvertidas (sobre todo por aquellas comunidades que creen no estar sometidas a ninguna norma gremial o profesional, porque creen que se rigen solo por la verdad y por la ética).

¿Cabe decir que estas tres diferentes comunidades, en cuanto tales, han mantenido reacciones diferenciadas ante la muerte de nuestro Premio Nobel? Cabría desde luego investigar diferencias; pero voy a atenerme aquí a la consideración de una notable semejanza de reacciones que todas ellas guardan en lo que respecta precisamente a la filosofía materialista de Ochoa: es la reacción del silencio, la reacción del «hacerse el muerto» ante la filosofía materialista en cuanto tal (reduciéndola, a lo sumo, y fugazmente en todo caso, al terreno de la opinión privada: Ochoa tenía, es cierto, determinadas «creencias», pero estas serán tratadas en el mismo plano en el que se tratarán sus manías personales o sus preferencias artísticas o deportivas). Semejanza o coincidencia no solo notable sino sorprendente, dado el uso sobreabundante que esas «comunidades» suelen hacer del término filosofía («filosofía de la Unión Europea», «filosofía de la lucha contra el cáncer», «filosofía –o cultura– de las tarjetas de crédito»...). ¿Por qué no «filosofía materialista» de Ochoa?

No lo se. Probablemente los motivos son diversos pero convergentes. Desde el punto de vista de la «comunidad científica» puede tener un peso importante la circunstancia de que una gran cantidad de bioquímicos creyentes (y aún clérigos) coexiste en España con los bioquímicos materialistas; esto explicaría un repliegue diplomático de tipo positivista capaz de asegurar la coexistencia pacífica, pero no justifica el que haya que considerar al materialismo como una cuestión privada o una manía personal. Desde el punto de vista de la comunidad de los periodistas la situación es más comprometida. Han encarecido el talante democrático y humano de Ochoa, pero han pasado como sobre ascuas por su filosofía; las secciones gráficas de la prensa han trivializado la cuestión, aun refiriéndose curiosamente a ella, por medio de dibujos chistosos ejecutados siguiendo líneas convencionales: generalmente los periodistas han utilizado el término «agnóstico» –no el de «ateo»– para describir al Premio Nobel, con notoria impropiedad (acaso siguen en esto el consejo del venerando profesor Tierno que venía a utilizar agnóstico como un modo elusivo y diplomático de decir: «no me interesan, y no deben interesar, estas cuestiones»; de hecho, agnóstico es un término pragmático, menos agresivo y además culto, porque puede figurar en los pasaportes de las gentes que viajan en líneas de aviación internacional). Algún periodista ha llegado incluso al límite mismo entre la ingenuidad y la desvergüenza: «puede ser que Ochoa no creyera en Dios, pero como Dios sí creía en él, sus opiniones no son demasiado importantes y además ya han debido cambiar en el momento en que su alma se ha desprendido de su cuerpo y está ya en la presencia de la deidad.» Por último la clase política se ha mantenido dentro del más absoluto silencio que llaman respetuoso y prudente. ¿Para qué echar más leña al fuego, en esta España tan desgarrada, sin perjuicio de su democracia? Pero de hecho, ni el Rey ni el Príncipe de Asturias han acudido al entierro de Ochoa en su pueblo natal, la hermosa villa de Luarca. ¿Cuál es la razón? ¿Habrá que introducir una cuarta comunidad, hasta ahora no mencionada, la «comunidad eclesiástica»? Pero, ¿a estas alturas va usted a hablar de alianzas ocultas entre el Trono y el Altar? No, por favor, cambiemos de conversación.



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