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Cuando lo evidente, no resulta concluyente

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Mensaje por dudainconsistente el Miér Ene 21 2015, 16:30



Salviati: Aristóteles dice que el argumento más cierto contra la movilidad de la Tierra es el que nosotros vemos que los proyectiles lanzados hacia arriba vuelven perpendicularmente por la misma línea al mismo lugar desde el que fueron lanzados, y eso sucede aun cuando el movimiento llegue altísimo. Si la Tierra se moviese esto no podría suceder, porque en el tiempo en que el proyectil se mueve hacia arriba y hacia abajo, separado de la Tierra, el lugar en el que se inició el movimiento del proyectil se desplazaría, debido al giro de la Tierra, una distancia considerable hacia levante y al caer el proyectil percutiría en Tierra a esa misma distancia lejos de dicho lugar. De modo que en éste se concilian tanto el argumento de la bala lanzada hacia arriba con el cañón, como el usado por Aristóteles y por Ptolomeo de que se ve que los graves (pesados) que caen desde grandes alturas vienen por una línea recta y perpendicular a la superficie terrestre. Ahora bien, para empezar a desenredar estos nudos, pregunto al Sr. Simplicio que si alguien negase a Ptolomeo y a Aristóteles que los graves al caer libremente desde lo alto vienen por una línea recta y perpendicular, esto es directa hacia el centro, con qué medio lo probaría.

Simplicio: Por medio de los sentidos, que nos aseguran que la torre es recta y perpendicular, y nos muestran que la piedra al caer la va rozando, sin torcerse lo más mínimo hacia una u otra parte, y percute al pie, justo bajo el lugar desde donde fue lanzada.

Salviati: Pero en el caso de que el globo terrestre girase y, consecuentemente, llevase consigo también a la torre, y de que, de todos modos, se viese que la piedra al caer va rozando el filo de la torre, ¿cuál debería ser su movimiento?

Simplicio: En este caso habría que decir más bien «sus movimientos», porque uno sería aquel con el que vendría desde lo alto abajo y tendría que tener otro para seguir la carrera de la torre.

Salviati: Por tanto su movimiento sería un compuesto de dos, esto es de aquel con el que la piedra mide la torre y otro con el que la sigue. De este compuesto resultaría que la piedra describiría no ya la simple línea recta y perpendicular, sino una transversal y quizás no recta.

Simplicio: Lo de «no recta» no lo sé. Pero entiendo claramente que sería necesariamente transversal y diferente de la otra línea recta y perpendicular que describiría estando la Tierra inmóvil.

Salviati: Así pues, sólo porque veáis que la piedra que cae roza la torre, no podéis afirmar con seguridad que describa una línea recta y perpendicular, si no se supone antes que la Tierra está quieta.

Simplicio: Así es. Porque si la Tierra se moviese, el movimiento de la piedra sería transversal y no perpendicular.

Salviati: He aquí, pues, el paralogismo de Aristóteles y de Ptolomeo claro y evidente y descubierto por vos mismo, en el que se supone como conocido lo que se trata de demostrar.

Simplicio: ¿De qué modo? A mí me parece un silogismo formalmente correcto y no una petición de principio.

Salviati: He aquí cómo. Decidme: ¿en la demostración no se tiene a la conclusión por desconocida?

Simplicio: Desconocida, porque de otro modo el demostrarla sería superfluo.

Salviati: Pero, ¿no conviene que el término medio sea conocido?

Simplicio: Es necesario, porque de lo contrario sería un querer probar "ignotum per aeque ignotum." [«Lo desconocido por lo igualmente desconocido.»]

Salviati: Nuestra conclusión que debe probarse, y que es desconocida, ¿no es el estatismo de la Tierra?

Simplicio: Eso es.

Salviati: El término medio, que debe ser conocido, ¿no es la caída recta y perpendicular de la piedra?

Simplicio: Ese es el término medio.

Salviati: Pero, ¿no hemos concluido hace poco que no podemos tener conocimiento de que tal caída sea recta y perpendicular, si antes no es conocido que la Tierra está quieta? Así pues, en vuestro silogismo la certeza del término medio se deduce de la incertidumbre de la conclusión. Ved, pues, cuál es el paralogismo y hasta qué punto lo es.

Sagredo: Por consideración al Sr. Simplicio, yo quisiera, si es posible, defender a Aristóteles o, por lo menos, captar mejor la fuerza de vuestra inferencia. Vos decís: el ver rozar la torre no basta para estar seguro de que el movimiento de la piedra sea perpendicular, que es el término medio del silogismo supone que la Tierra está quieta, que es la conclusión que deber probarse. Porque, si la torre se moviese con la Tierra, y la piedra la rozase, el movimiento de la piedra sería transversal y no perpendicular. Pero yo responderé que si la torre se moviese, sería imposible que la piedra cayese rozándola y, por tanto, del que caiga rozándola se infiere el estatismo de la Tierra.

Simplicio: Así es. Porque, si se pretendiera que la piedra viene rozando la torre, si ésta fuese llevada por la Tierra, sería preciso que la piedra tuviese dos movimientos naturales, esto es el recto hacia el centro y el circular en torno al centro, lo cual es imposible.

Salviati: Así pues, la defensa de Aristóteles consiste en que es imposible, o al menos en que él ha considerado imposible, que la piedra pueda moverse con un movimiento mixto, recto y circular. Porque, si él no hubiese tenido por imposible que la piedra pudiera moverse hacia el centro y en torno al centro a la vez, habría aceptado que podía suceder que la piedra que cae podría ir rozando la torre tanto si ésta se mueve como si está quieta y, en consecuencia, se habría dado cuenta de que del hecho del roce no se podía inferir nada respecto al movimiento o al reposo de la Tierra. Pero eso no excusa en absoluto a Aristóteles, no sólo porque, de haber pensado así, debía haberlo dicho, siendo como es un punto tan principal en su argumento, pero más aún porque no puede decirse ni que tal efecto sea imposible ni que Aristóteles lo haya considerado imposible. No se puede decir lo primero porque dentro de poco demostraré que no es ya posible, sino necesario. Y no puede decirse lo segundo, porque Aristóteles mismo acepta que el fuego va hacia arriba naturalmente por una línea recta y que se mueve girando con el movimiento diurno, participado por el cielo a todo el elemento del fuego y a la mayor parte del aire. Por tanto, si no tiene por imposible el mezclar el recto hacia arriba con el circular, comunicado al fuego y al aire por el cóncavo lunar, bastante menos podrá considerar imposible la mezcla del recto hacia abajo de la piedra con el circular, que fuese natural a todo el globo terrestre, del que la piedra es parte.

Simplicio: A mí eso no me parece así, porque si el elemento del fuego gira junto con el aire, es lo más fácil e incluso necesario que una pequeña parte de fuego, que desde la Tierra suba hacia lo alto, siendo un cuerpo tan tenue, ligero y facilísimo de mover, al pasar por el aire móvil reciba el mismo movimiento. Pero que una piedra pesadísima o una bala de cañón, que desde lo alto venga hacia abajo y haya sido abandonada a sí misma, se deje transportar por el aire o por otra cosa es del todo increíble. Además, tenemos la experiencia muy adecuada de la piedra dejada caer desde la cima del mástil de la nave que, si la nave está quieta, cae al pie del mástil, pero si la nave avanza, cae tan lejos del mismo punto cuanto la nave, en el tiempo de la caída de la piedra, se ha desplazado hacia adelante. Y no son pocas brazas cuando el avance de la nave es veloz.

Salviati: Existe una gran diferencia entre el caso de la nave y el de la Tierra, si el globo terrestre tuviese movimiento diurno. Puesto que es cosa manifiestísima que el movimiento de la nave, del mismo modo que para ésta no es movimiento natural, también es accidental a todas las cosas que están en ella. Por lo cual no es sorprendente que la piedra, que era retenida en la cima del mástil, dejada en libertad descienda sin estar constreñida a seguir el movimiento de la nave. Pero la revolución diurna se da por movimiento propio y natural al globo terrestre y, en consecuencia, a todas sus partes y, en tanto impreso por la naturaleza, les es indeleble. Por ello, la piedra que está en la cima de la torre tiene como su instinto primario el girar en torno al centro de su todo en veinticuatro horas y ejerce ese talento natural eternamente, cualquiera que sea el estado en que sea puesta. Y para convenceros de esto, no tenéis más que cambiar una antigua idea grabada en vuestra mente y decir: «Del mismo modo que, por haber considerado hasta ahora que es propiedad del globo terrestre permanecer inmóvil en torno a su centro, no he tenido ninguna dificultad u objeción en aceptar que cualquier pequeña parte suya también permanezca naturalmente en reposo, así también es preciso que si el instinto natural del globo terrestre fuese girar en veinticuatro horas, la inclinación intrínseca y natural de cada una de sus partes sea no el estar quieta, sino seguir el mismo curso». Y así, se podrá concluir sin ningún inconveniente que, por no ser natural, sino extraño, el movimiento conferido a la nave por la fuerza de los remos, y por ella a todas las cosas que contiene, es preciso que la piedra, cuando se haya separado de la nave, se someta a su naturaleza y vuelva a ejercer su puro y simple talento natural. Añádase que es necesario que, al menos la parte del aire que está más baja que los montes más altos, sea arrastrada y hecha girar por la aspereza de la superficie terrestre, o bien que, en cuanto mezcla de muchos vapores y exhalaciones terrestres, observe naturalmente el movimiento diurno; lo cual no sucede al aire que está en torno a la nave impulsada por los remos. Por lo cual, el argumento de la nave no tiene fuerza de inferencia para el de la torre. Porque la piedra que cae de la cima del mástil entra en un medio que no tiene el movimiento de la nave. Pero la que parte de lo alto de la torre se encuentra en un medio que tiene el mismo movimiento que todo el globo terrestre, de modo que sin ser impedida por el aire, antes al contrario más bien favorecida por el movimiento de éste, puede seguir el curso universal de la Tierra.

Simplicio: Yo no acabo de entender que el aire pueda imprimir a una piedra enorme o a una bola de hierro o de plomo que pese, v.g., doscientas libras, el movimiento con el que él mismo se mueve o que acaso comunica a la pluma, a la nieve y a otras cosas ligerísimas. Al contrario, veo que un peso de éstos, expuesto a cualquier viento, por impetuoso que sea, no es movido ni un sólo dedo. Pensad, pues, si el aire lo llevará consigo.

Salviati: Existe una gran diferencia entre vuestra experiencia y nuestro caso. Vos hacéis que el viento sobrevenga a la piedra que está en reposo. Nosotros exponemos al aire, que ya se mueve, la piedra que se mueve a su vez con la misma velocidad, de modo que el aire no ha de conferirle un nuevo movimiento, sino sólo mantenerlo o mejor dicho no estorbar el que ya tiene. Vos queréis impulsar la piedra con un movimiento que es extraño y ajeno a su naturaleza. Yo conservarlo en su movimiento natural. Si queréis proponer una experiencia más ajustada al caso, debéis decir que se observaría, si no con el ojo de la frente, al menos con el de la mente, lo que sucedería si un águila llevada por el ímpetu del viento nos dejase caer de sus garras una piedra. Dado que al partir de la garras, la piedra ya volaba a la par con el viento, y una vez que ha partido entra en un medio que se mueve con la misma velocidad, estoy totalmente convencido de que no se vería caer hacia abajo perpendicularmente, sino que siguiendo el curso del viento y añadiéndole el de la propia gravedad, se movería con un movimiento transversal.

Simplicio: Habría que poder hacer dicha experiencia y después, según lo sucedido, juzgar. Mientras tanto, hasta aquí el efecto de la nave parece favorecer mi opinión.

Salviati: Decís bien: hasta aquí. Porque quizás dentro de poco podría cambiar de aspecto. Y para no seguir teniéndoos, como suele decirse, sobre ascuas, decid Sr. Simplicio: ¿estáis del todo convencido de que la experiencia de la nave cuadra tan bien a nuestro propósito que deba creerse razonablemente que lo que se ve que sucede en ella deba suceder también en el globo terrestre?

Simplicio: Hasta aquí me ha parecido que sí. Y aunque vos habéis planteado algunas pequeñas diferencias, no me parecen tan importantes como para hacerme cambiar de parecer.

Salviati: Más bien deseo que continuéis en él y que tengáis por seguro que el efecto de la Tierra deba responder al de la nave, a condición de que si eso se mostrase perjudicial para vuestras necesidades, no se os ocurra cambiar de idea. Vos decís: puesto que si la nave está quieta, la piedra cae al pie del mástil, y si está en movimiento cae lejos del pie, por la inversa, del hecho de que la piedra caiga al pie se infiere que la nave está quieta, y del hecho de que caiga lejos se deduce que la nave se mueve. Y puesto que lo que ocurre en el caso de la nave debe igualmente suceder en el caso de la Tierra, del hecho de que la piedra caiga al pie de la torre se infiere necesariamente la inmovilidad del globo terrestre. ¿No es este vuestro razonamiento?

Simplicio: Es exactamente así, resumido de un modo que lo hace facilísimo de entender.

Salviati: Ahora decidme, si la piedra abandonada desde la cima del mástil, en el caso de que la nave avance con gran velocidad, cayese precisamente en el mismo lugar de la nave en el que cae cuando la nave está quieta, ¿qué utilidad os aportaría esta caída de cara a aseguraros de si el bajel (barco) está quieto o si avanza?

Simplicio: Absolutamente ninguna. Al igual que, por ejemplo, a partir del latir del pulso no se puede saber si uno duerme o está despierto, porque el pulso late igual en los que duermen que en los despiertos.

Salviati: Muy bien. ¿Habéis hecho alguna vez la experiencia de la nave?

Simplicio: No la he hecho. Pero creo que los autores que la aducen, la han observado diligentemente. Por lo demás, la causa de la diferencia se conoce tan claramente que no deja lugar a dudas.

Salviati: Vos mismo sois un buen testimonio de que es posible que los autores la aduzcan sin haberla hecho, puesto que sin haberla hecho la tenéis por segura y os remitís a la buena fe de su afirmación. Así también no sólo es posible, sino necesario, que también ellos hayan hecho lo mismo, quiero decir remitirse a sus antecesores, sin llegar nunca a alguien que la haya hecho. Porque cualquiera que la haga hallará que la experiencia muestra todo lo contrario de lo que se ha escrito. Esto es, mostrará que la piedra cae siempre en el mismo lugar de la nave, tanto si está quieta como si se mueve con cualquier velocidad. Por lo que, por ser la misma la argumentación referente a la Tierra que a la nave, del hecho de que la piedra caiga siempre perpendicularmente al pie de la torre no se puede inferir nada sobre movimiento o reposo de la Tierra.

Simplicio: Si vos me remitís a un medio distinto de la experiencia, creo que nuestras disputas no acabarán fácilmente. Porque eso me parece algo tan alejado de cualquier razonamiento humano, que no deja el más mínimo lugar a la credulidad o a la probabilidad.

Salviati: Pues en mí lo ha dejado.

Simplicio: ¿O sea que vos, no habéis hecho no ya cien, sino ni una prueba, y la afirmáis tan libremente como segura? Yo insisto en mi incredulidad, y en la misma seguridad de que la experiencia ha sido hecha por los autores más importantes que se sirven de ella, y que esta muestra lo que ellos afirman.

Salviati: Yo sin experiencia estoy seguro de que el efecto se dará como os digo, porque es necesario que así suceda. Y además añado que también vos sabéis que no puede suceder de otro modo, por más que fingís o simuláis fingir que no lo sabéis. Pero yo soy tan buen domador de cerebros que os lo haré confesar a viva fuerza. Pero el Sr. Sagredo está muy callado, aunque me parece haber apreciado que teníais intención de decir algo.

Sagredo: Ciertamente quería decir algo, pero la curiosidad que me ha provocado el oír decir que se haría tal violencia al Sr. Simplicio que pondría de manifiesto lo que nos quiere ocultar, me ha hecho dejar de lado cualquier otro deseo. Por ello os ruego que cumpláis tal jactancia.

Salviati: Con tal que el Sr. Simplicio se limite a responder a mis preguntas, no os defraudaré.
Simplicio: Yo responderé lo que sepa con la seguridad de que tendré pocos problemas, porque de las cosas que tengo por falsas no creo que yo pueda saber nada, puesto que la ciencia trata de lo verdadero, no de lo falso.

Salviati: No deseo que digáis o respondáis que sabéis nada más que lo que sabéis con toda seguridad. Por tanto, decidme. Si tuvieseis una superficie plana, tan pulida como un espejo y de materia dura como el acero y que no estuviese paralela al horizonte, sino un poco inclinada, y sobre ésta pusieseis una bola perfectamente esférica, de materia grave y durísima como, v.g., de bronce, si la dejarais abandonada a sí misma, ¿qué creéis que haría? ¿No creéis (como creo yo) que se mantendría quieta?

Simplicio: ¿Si la superficie estuviese inclinada?

Salviati: Sí, puesto que así ya lo he supuesto.

Simplicio: Yo no creo que se quedase quieta en absoluto, más bien al contrario estoy seguro de que se movería espontáneamente hacia el declive.

Salviati: Fijaos bien en lo que decís, Sr. Simplicio, porque yo estoy seguro de que se quedaría quieta cualquiera que fuese el lugar en que la pusierais.

Simplicio: Si vos, Sr. Salviati, os servís de esta clase de suposiciones, ya dejará de extrañarme que lleguéis a las conclusiones más falsas.

Salviati: Así pues, ¿estáis seguro de que la bola se movería espontáneamente hacia el declive?

Simplicio: ¿Qué duda cabe?

Salviati: Y eso lo consideráis seguro, no porque yo os lo haya enseñado (porque yo trataba de persuadiros de lo contrario), sino por vos mismo y por vuestro juicio natural.

Simplicio: Ahora entiendo vuestro truco. Vos habláis así para tantearme y (como dice el vulgo) sonsacarme, pero no porque lo creyerais así realmente.

Salviati: Así es. ¿Y cuánto tiempo se movería la bola, y con qué velocidad? Notad que he mencionado una bola perfectísimamente redonda y un plano exquisitamente pulido para eliminar todos los impedimentos externos y accidentales. Además quiero que hagáis abstracción del aire, con la resistencia que ofrecería al estar a la intemperie, y de todos los demás obstáculos accidentales que se os puedan ocurrir.

Simplicio: Lo he entendido todo muy bien. Y en cuanto a vuestra pregunta, respondo que la bola continuaría moviéndose hasta el infinito, si tanto se prolongase la inclinación del plano, y con movimiento continuamente acelerado; pues tal es la naturaleza de los móviles graves, que "vires acquirant eundo". Y cuanto mayor fuese el declive mayor sería la velocidad.

Salviati: Pero si uno quisiera que la bola se moviese hacia arriba sobre la misma superficie, ¿creéis que lo haría?

Simplicio: Espontáneamente no, sólo si la arrastraran o la arrojaran con violencia.

Salviati: Y si fuese empujada con algún ímpetu que se le imprimiera violentamente, ¿cuál y cuánto creéis que sería su movimiento?

Simplicio: El movimiento, por ser contrario a la naturaleza, iría languideciendo y retardándose progresivamente, y sería más largo o más breve según el mayor o menor ímpetu y según el mayor o menor declive.

Salviati: Entonces me parece que hasta aquí me habéis explicado los accidentes de un móvil sobre dos planos distintos. En el plano inclinado el móvil grave desciende espontáneamente y se va acelerando continuamente, y para mantenerlo en reposo hay que usar fuerza. Pero sobre el plano ascendente se requiere fuerza para empujarlo y también para detenerlo, y el movimiento que se le ha impreso va menguando continuamente, hasta que al final se aniquila. Decís además que tanto en un caso como en el otro la diferencia surge del hecho de que la cuesta hacia arriba o hacia abajo del plano sea mayor o menor. De modo que de la mayor inclinación hacia abajo se sigue mayor velocidad y, por el contrario, sobre el plano cuesta arriba el mismo móvil lanzado con la misma fuerza se mueve a tanta mayor distancia cuanto menor es la elevación. Ahora decidme lo que le sucedería al mismo móvil sobre una superficie que no estuviese inclinada ni hacia arriba ni hacia abajo.

Simplicio: En este caso tengo que pensar un poco la respuesta. No existiendo declive hacia abajo, no puede haber inclinación natural al movimiento, y no existiendo inclinación hacia arriba, no puede haber resistencia a ser movido, de modo que vendría a ser indiferente entre la propensión y la resistencia al movimiento. Me parece, por tanto, que debería quedarse naturalmente quieto. Pero soy un desmemoriado, porque no hace mucho que el Sr. Sagredo me hizo entender que así sucedería.

Salviati: Así lo creo, si uno lo dejase quieto. Pero, y si le hubiera dado ímpetu hacia algún lado, ¿qué sucedería?

Simplicio: Sucedería que se movería hacia ese lado.

Salviati: Pero, ¿con qué clase de movimiento? ¿Continuamente acelerado como en los planos inclinados hacia abajo, o progresivamente enlentecido, como en los inclinados hacia arriba?

Simplicio: Al no haber inclinación ni hacia arriba ni hacia abajo, no sé captar ni causa de aceleración ni de enlentecimiento.

Salviati: Sí. Pero si no existe causa de enlentecimiento, mucho menos debe haberla de reposo. Así pues, ¿cuánto presumís que duraría el movimiento?

Simplicio: Tanto cuanto durase la longitud de la superficie no inclinada ni hacia arriba ni hacia abajo.

Salviati: Así pues, si tal espacio no tuviese fin, ¿el movimiento en él también sería igualmente sin fin, esto es perpetuo?

Simplicio: Me parece que sí, si el móvil fuese de materia que durara.

Salviati: Eso ya se ha dado por sentado, porque se ha dicho que se eliminaban todos los impedimentos accidentales y externos, y la fragilidad del móvil en este caso es uno de los impedimentos accidentales. Ahora decidme: ¿cuál creéis que es la causa de que la bola se mueva espontáneamente sobre el plano inclinado hacia abajo y que no lo haga, sin violencia, sobre el inclinado hacia arriba?

Simplicio: Porque la inclinación de los cuerpos graves es la de moverse hacia el centro de la Tierra, y sólo mediante violencia hacia la circunferencia. Y la superficie inclinada hacia abajo es la que va aumentando la proximidad al centro, y la inclinada hacia arriba va aumentando la distancia.

Salviati: Así pues, una superficie que no hubiera de tener inclinación ni hacia arriba ni hacia abajo, tendría que ser igualmente distante del centro en todas sus partes. Pero, ¿existe en el mundo alguna superficie así?

Simplicio: No carecemos de ellas. He aquí la de nuestro globo terrestre, en el caso de que fuese bien pulida, y no escabrosa y montañosa como es. Pero está la del agua, cuando está plácida y tranquila.

Salviati: Así pues, una nave que vaya moviéndose por el mar en calma es uno de esos móviles que avanzan por una de esas superficies que no son inclinadas ni hacia arriba ni hacia abajo, y por tanto, si le fuesen eliminados todos los obstáculos accidentales y externos, en disposición de moverse incesante y uniformemente con el impulso recibido una vez.

Simplicio: Así parece que debe ser.

Salviati: Y la piedra que está sobre la cima del mástil, ¿no se mueve también, llevada por la nave, por la circunferencia de un círculo, en torno al centro, y en consecuencia con un movimiento indeleble en ella, eliminados todos los impedimentos externos?

Simplicio: Hasta aquí todo va bien. Pero ¿y el resto?

Salviati: Sacad por fin la última consecuencia por vos mismo, si por vos mismo habéis sabido todas las premisas.

Simplicio: Vos queréis decir como última conclusión que, al moverse la piedra con un movimiento indeleblemente impreso en ella, no dejará la nave, al contrario la seguirá y finalmente caerá en el mismo lugar en que cae cuando la nave está quieta. Y así digo yo también que sucedería si no hubiera impedimentos externos que estorbasen el movimiento de la piedra después de haber sido dejada en libertad. Dichos impedimentos son dos. Uno consiste en que el móvil es impotente para romper el aire sólo con su ímpetu, faltándole el de la fuerza de los remos, del cual era partícipe, como parte de la nave mientras estaba sobre el mástil. El otro es el movimiento nuevo de caer hacia abajo, que necesariamente constituye un impedimento para el movimiento hacia adelante.

Salviati: En cuanto al impedimento del aire, no os lo niego. Y si el móvil que cae fuese de materia ligera, como una pluma o un copo de lana, el enlentecimiento sería muy grande. Pero en una piedra pesada es pequeñísimo. Y vos mismo habéis dicho hace poco que la fuerza del viento más impetuoso no basta para mover de lugar una piedra grande. Pensad, pues, que hará el aire quieto encontrado por la piedra, no más veloz que el navío. No obstante, como he dicho, os concedo este pequeño efecto, que puede depender de tal impedimento. De mismo modo sé que vos me concederéis que si el aire se moviese con la misma velocidad que la nave y la piedra, el impedimento sería absolutamente nulo. En cuanto al otro, del movimiento sobreañadido hacia abajo, primero es evidente que ambos, es decir el circular en torno al centro y el recto hacia el centro, no son contrarios, ni destructivos el uno para el otro, ni incompatibles porque el móvil no tiene ninguna repugnancia a dicho movimiento. Puesto que vos mismo habéis concedido ya que la repugnancia es contra el movimiento que se aleja del centro, y la inclinación hacia el movimiento que se aproxima al centro. De donde se sigue necesariamente que al movimiento que no se aproxima ni se aleja del centro el móvil no tiene ninguna repugnancia ni propensión ni, en consecuencia, causa de que disminuya en él la facultad que se le ha impreso. Y, puesto que la causa motriz que tiene que debilitarse en la nueva operación no es una sola, sino que son dos distintas entre sí, de las cuales la gravedad cuida sólo de atraer el móvil hacia el centro, y la virtud impresa a llevarlo en torno al centro, no queda lugar alguno para el impedimento.

Simplicio: Ciertamente el razonamiento es, en apariencia, bastante verosímil, pero en esencia se ve entorpecido por cierta dificultad difícil de superar. A lo largo de todo el argumento habéis hecho una suposición que no os será concedida fácilmente por la escuela peripatética pues es contrarísima a Aristóteles. Esta consiste en tomar como cosa conocida y manifiesta que el proyectil separado del proyector continúa el movimiento por una virtud impresa en él por el mismo proyector. Dicha virtud impresa es tan odiosa a la filosofía peripatética como el paso de un accidente de un sujeto a otro. En esta filosofía se afirma, como creo que sabéis, que el proyectil es llevado por el medio que, en nuestro caso, viene a ser el aire. Por tanto, si la piedra lanzada desde la cima del mástil tuviera que seguir el movimiento de la nave, sería necesario atribuir tal efecto al aire, y no a la virtud impresa en él. Pero vos suponéis que el aire no sigue el movimiento de la nave, sino que está tranquilo. Además, el que lo deja caer no ha de lanzarlo ni darle ímpetu con el brazo, sino que simplemente debe abrir la mano y dejarlo. De este modo, ni por la virtud impresa en él por el proyector, ni por causa del aire, podrá la piedra seguir el movimiento de la nave y, por tanto, quedará atrás.

Salviati: Me parece, pues, deducir de vuestro argumento que, no siendo la piedra empujada por el brazo de aquél, lo que sucede no equivale en absoluto a una proyección.

Simplicio: No puede llamarse propiamente movimiento de proyección.

Salviati: Así pues, lo que dice Aristóteles del movimiento, del móvil y del motor de los proyectiles, no tiene que ver con nuestro asunto. Y, si no tiene que ver, ¿por qué lo sacáis a colación?

Simplicio: Lo menciono a causa de esa virtud impresa, nombrada e introducida por vos, la cual, no existiendo en el mundo, no puede obrar nada porque "non entium nullae sunt operatione". Y, por tanto, no sólo del movimiento de los proyectiles, sino de cualquier otro que no sea natural, hay que atribuir la causa al medio, que no se ha tenido en cuenta debidamente. Por tanto, lo dicho hasta aquí resulta ineficaz.

Salviati: ¡Ea!, todo a su debido tiempo. Pero decidme: ya que vuestra crítica se basa totalmente en la inexistencia de la virtud impresa, cuando yo os haya demostrado que el medio no tiene nada que ver en la continuación del movimiento de los proyectiles, una vez que se han separado del proyector, ¿dejaréis que exista la virtud impresa, o bien os prepararéis con algún otro asalto a su destrucción?

Simplicio: Eliminada la acción del medio, no veo que se pueda recurrir a otra cosa que a la facultad impresa por el que mueve.
Salviati: Mejor será, para eliminar lo máximo posible las causas de que la disputa continúe indefinidamente, que vos expliquéis lo más claramente que se pueda cuál sea la actuación del medio en la continuación del movimiento del proyectil.

Simplicio: El proyector tiene la piedra en la mano. Mueve con velocidad y fuerza el brazo, con cuyo movimiento se mueve no más la piedra que el aire de alrededor, por lo que la piedra, al ser abandonada por la mano, se encuentra en el aire que ya se mueve con ímpetu, y es transportada por dicho aire. De modo que si el aire no actuase, la piedra caería de la mano al pie del proyector.

Salviati: ¿Y vos habéis sido tan crédulos que os habéis dejado convencer por estas boberías, cuando en vos mismo tenéis la facultad de refutarlas y de entender la verdad? Decidme, pues, si la piedra grande o la bala de artillería, que simplemente colocada sobre una mesa permanecía inmóvil contra cualquier viento impetuoso según afirmasteis vos hace poco, hubiese sido una bola de corcho o de algodón, ¿creéis que el viento la habría movido de lugar?

Simplicio: Incluso estoy seguro que se la habría llevado, y tanto más velozmente cuanto más ligera hubiese sido la materia. Precisamente por eso vemos que las nubes son transportadas con velocidad igual a la del viento que las empuja.

Salviati: Y el viento, ¿qué es?

Simplicio: El viento se define como no siendo más que aire movido.

Salviati: Así pues, ¿el aire movido transporta más velozmente y a mayor distancia las materias ligerísimas que las pesadísimas?

Simplicio: Sin duda.

Salviati: Pero, si vos lanzaseis con el brazo una piedra y después un copo de algodón, ¿cuál se movería con mayor velocidad y más lejos?

Simplicio: La piedra con diferencia. Más aun, el algodón me caería a los pies.

Salviati: Pero si lo que mueve el proyectil, después de haberlo dejado con la mano, no es otra cosa que el aire movido por el brazo, y el aire movido empuja más fácilmente las materias ligeras que las graves, ¿cómo pues el proyectil de algodón no va más lejos y más veloz que el de piedra? Es necesario, pues, que en la piedra permanezca algo, además del movimiento del aire. Además, si de esa viga pendiesen dos bramantes de la misma longitud, y al final de uno hubiese atada una bola de plomo, y una de algodón en el otro, y ambos se alejasen por igual de la perpendicular, y después se dejasen en libertad, no hay duda de que uno y otro se moverían hacia la perpendicular, y que empujados por el propio ímpetu la traspasarían en un cierto intervalo, y después volverían a ella. Pero, ¿cuál de esos péndulos creéis vos que se movería más tiempo, antes de detenerse en la vertical?

Simplicio: La bola de plomo iría de aquí allá mil veces, y la de algodón dos o tres como máximo.

Salviati: De modo que el ímpetu y la movilidad, cualquiera que sea la causa, se conserva más largamente en las materias graves que en las ligeras. Paso ahora a otro punto, y os pregunto: ¿por qué el aire no se lleva ahora mismo el limón que está sobre esa mesa?

Simplicio: Porque el propio aire no se mueve.

Salviati: Es necesario, pues, que el proyector confiera al aire el movimiento.

§ Galileo, Galilei (Diálogo… sobre los dos máximos sistemas del mundo, Tolemaico y Copernicano) - (Florencia, 1632).


Tanto el aristotélico como el copernicano ven que la piedra cae al pie de la torre. Pero el primero afirma que ve que su trayectoria es rectilínea y que esto prueba que la Tierra está quieta, y el copernicano afirma que la trayectoria es una mezcla de movimiento recto y circular y cree que de la observación no se puede inferir nada respecto al movimiento o quietud de la Tierra. El desacuerdo no está en lo que ven, sino en si lo que ven es un hecho u otro {¿interpretación?, uhm…} y en qué valor tiene para su desacuerdo y sus respectivas teorías (análogamente: relatividad del movimiento).
Se trata del repensar la relación entre hechos y teorías, el papel y valor de la experiencia sensible, la relación entre matemáticas y experiencia, la relación del sujeto con el objeto. Si se quiere se puede llamar a este análisis filosófico "retórica". Pero difícilmente podrá considerarse que ésta sea ajena al trabajo científico, a la ciencia, e incluso al concepto de ciencia de Galileo. Esto está directamente relacionado con otro aspecto de la retórica de Galileo. El Diálogo necesitaba ser retórico porque incluso si pudiera vencer, y eso puede entenderse en el sentido de demostrar la teoría copernicana, aun así antes tenía que convencer. Eso es lo que expresa cuando dice que tiene que "domar los cerebros" de los oponentes.
Galileo utilizaba la retórica para legitimar su posición y sus tesis científicas. Sus adversarios utilizaban la retórica de la demostración para legitimar su imposición y su poder. Pero si la retórica de Galileo es eficaz es sobre todo porque sus argumentos son buenos. Y si se puede decir que Galileo utiliza la retórica para fortalecer sus argumentos científicos, no es menos cierto que sus argumentos científicos son la fuente básica de la fuerza de su retórica. Él espera convencer porque sus argumentos le han convencido a él previamente.



El Diálogo que ha llegado hasta nosotros no es la obra que Galileo hubiera querido escribir. Ni siquiera es la obra que escribió porque le corrigieron y cambiaron textos, le impusieron una estructura, le obligaron a presentar unas ideas y eliminaron otras. Pues bien, a pesar de todos estos condicionamientos y manipulaciones, y de toda la retórica impuesta, la querida y la necesaria, no hay duda de que los argumentos centrales del Diálogo, sus ideas, que son el inicio de una nueva física que elaboró entre 1602 y 1609, Y sus descubrimientos astronómicos de 1610 a 1612, constituyen el sólido fundamento de la obra cosmológica de Galileo desde que fue planeada por primera vez. Ahí está, en última instancia, el valor más permanente de su obra.

§ El Dialogo sobre los dos máximos sistemas del mundo de Galileo. Génesis y problemas. Antonio Beltrán Marí. Universidad Central de Barcelona.
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